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AUTORIDAD EN FUGA

Desde hace algunos años, el problema del chantaje y el acoso en los establecimientos escolares tomó dimensiones preocupantes. Una investigación llegó a estos resultados: (1) este fenómeno aparece más seguido en la escuela que en las casa; (2) se presenta durante los recreos más que en clase; (3) los niños afligidos por una malformación visible –obesidad (¡gordinflón!), estrabismo (cuatro ojos)…- son más foco de atención que  otros.


Los niños siempre acosan y siempre acosarán. La cuestión realmente no es ¿qué les pasa a nuestros hijos?, sino ¿Cómo  es  que los adultos y los profesores en la actualidad,  no sean capaces de hacer frente a esta situación? Esta incapacidad ha llevado a que el problema se de con más frecuencia. Los padres y/o los profesores son objetos de acoso. Este fenómeno no sólo se produce en la escuela. Sin duda, sucede  en ocasiones en forma violenta, y ante los demás representantes de la escuela, pero la enseñanza secundaria general no está a salvo, de hecho allí ocurren las cosas de manera más sutil, y por lo tanto con más maldad.


Algo falla en el ámbito de la autoridad. Por lo que la autoridad esta desapareciendo. Los maestros y padres deben aprender a  afirmar su autoridad, o mejor dicho, deben aprenderla y deben “merecerla”. Ya que la poca autoridad conservada consiste en la mayoría de los casos en un ejercicio de  poder y sometimiento.


En algunas escuelas, revisan las mochilas, y pertenencias de los alumnos al entrar a esta, con la intensión de evitar que los alumnos introduzcan algún objeto que pueda herir a alguien, o algún tipo de droga. En esto es donde la autoridad se viene abajo.


En otras palabras: ¿en qué se convierten los padres? Durante la primera mitad del siglo reinaban en efecto los patriarcas, bigotudos o barbudos orgullosos y ostentando una importancia incuestionable, señores y amos, al menos en su familia y a veces  fuera del círculo familiar. El mérito incumbía apenas a su propia persona, puesto que la autoridad se imponía como una función evidente que los padres no tenían más que ejercer. Esta función sólo era cuestionada por unos cuantos.


Alrededor de los años cincuenta, esta situación empezó a cambiar. En el curso de los años sesenta, toda forma de autoridad terminó por volverse automáticamente sospechosa. Esto ocurrió bajo las teorías de Freud y Marx,  en donde los padres fueron descartados, como fuente de frustración y por lo tanto de neurosis para Freud, como fuente de explotación y de abuso para Marx. En el futuro hay que poder estudiar con toda libertad, sólo vale la educación antiautoritaria. El feminismo aporta su grano de arena, y una ola social se levanta y, sin ni siquiera darse cuenta, trae sus propios fundamentos. Comunicar se convierte en la consigna. El objetivo esta abiertamente declarado: libertad para todos, y en particular para los reprimidos: la mujer y el niño.


Desde que estos cambios se iniciaron, el lazo con el feminismo es claro. Y en ciertos aspectos, también es evidente. Ahí donde los hombres podían siempre liberar sus frustraciones en el patriarcado, la mujer era la figura más oprimida de toda estructura patriarcal.


Todo apunta a la Liberación, y se inscribe contra la estructura estatal, contra la familia clásica y contra la autoridad. Los hombres antifeministas temen que la emancipación de la mujer lleve al fin del matrimonio de las buenas costumbres y de la sociedad.


Las exigencias de orden y de justicia se hacen oír, yendo de la aspiración populista hasta el fascismo más crudo, pasando por el sueño de una dictadura ilustrada que hacen algunos intelectuales, olvidando tanto unos como otros todo lo que la historia nos ha enseñado al respecto. Este cambio se vuelve divertido en el sector psicoterapéutico.

Por todos lados tratamos de reintroducir lo que fue expulsado veinte años antes: “¡Más estructura!” “¡El padre debe ser instalado dentro de la familia de nuevo!”. La psicopatología causada por el exceso de antaño se refleja de manera inversa por la falta actual.


Planteado de esta manera, el problema parece, como un asunto de equilibrio: sin duda, la autoridad es necesaria, pero su dosis tiene que ser medida, y los padres deben ser reeducados a fin de estar en condiciones de encarnar este equilibrio en relación con su familia. El problema es  que nadie parece estar en condiciones de instaurar esta reeducación: por consiguiente, padres y jóvenes se quedan con las ganas, a la deriva en un mismo barco, privados de un timón después de haberlo tirado por la borda en común acuerdo. “Pero, ¿Dónde están los padres antes?”.

 

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