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EL CREADOR Y SU “SOMBRA”

La  “semilla de la Tierra”


Según el mito cosmogónico rumano, (…) antes de la creación del mundo sólo había una masa ilimitada de agua, sobre la que se paseaban Dios y Satán. Cuando Dios decidió formar la Tierra, mandó a Satán al fondo del mar para coger, en su nombre, semilla de Tierra y traérsela a la superficie del agua. Por dos veces bajó Satán al fondo del mar pero en lugar de coger la semilla en nombre de Dios, como se le había ordenado, la tomó en su propio nombre. Mientras ascendía a la superficie, se le escurrió toda la semilla de Tierra entre los dedos. En una tercera inmersión al fondo de las Aguas, cogió la semilla en su nombre y en el nombre de Dios. Pero de vuelta a la superficie, un poco de légamo—a saber, la cantidad que había tomado en el nombre de Dios—quedó en sus uñas; todo el resto se había deslizado entre sus dedos. Con el lodo conservado en las uñas del Diablo, formó Dios un terrón sobre el que se acostó para descansar. Creyendo que Dios estaba dormido, decidió Satán arrojarle al agua y ahogarle a fin de quedar como el único señor de la Tierra. Pero a medida que el Diablo engañaba a Dios, crecía la Tierra bajo sus pies. Y ésta se extendió hasta tal punto que ya no quedó sitio para el agua.

Este mito cosmogónico rumano se ha conservado con diversas variantes. N. Cartojan señala que el erudito búlgaro Jordan Ivanov—quien no duda del origen bogomiliano del mito—ha publicado igualmente otras leyendas populares eslavas, ilustrando con él la difusión del mito hasta en la Rusia oriental y septentrional. Cartojan advierte, sin embargo, que el erudito búlgaro ha ignorado la obra de O. Dähnhardt Natursagen. Ahora bien, en la fecha en que aparecieron los libros de Ivanov y Cartojan, los materiales reunidos por Dähnhardt en el primer tomo de su obra y, sobre todo, su intento de analizar este mito cosmogónico, así como el de trazar de nuevo su historia, constituían la contribución más importante a la solución del problema.


Cartojan resume y hace suyas las conclusiones a las que llega Dähnhardt en 1907. Como se deduce de la variante romana, el mito comprende dos temas: 1) el tema oceánico de las Aguas primordiales, del fondo de las cuales es extraída “la semilla de la Tierra” 2) el tema dualista de la Creación del Mundo por la colaboración de los dos Seres antagónicos. El Dualismo, concluye Dähnhardt (op. cit., I, pp. 36 ss), es, sin duda alguna, de origen iranio. El tema oceánico, desconocido en Irán, resulta por el contrario abundantemente atestiguado en la India. El mito cosmogónico, tal como ha circulado por los Balcanes y por otros pueblos de Europa central y oriental, sería, pues, el producto de la fusión de dos temas diferentes: el primero indio y el otro iranio. Resumiendo las conclusiones de Dähnhardt, Cartojan concluye en estos términos: “Este tema oceánico ha emigrado de la India al Irán, donde se combinó con el tema dualista. Bajo esta forma fue luego adoptado por las sectas heréticas cristianas, que hormigueaban en el Asia Menor durante los primeros siglos de nuestra era (gnósticos, mandeístas, maniqueos).

Estas sectas han alterado la leyenda indo-irania imprimiéndole una forma cristiana y transmitiéndola luego a los bogomilos.


Más adelante discutiremos el papel de los bogomilos en la transmisión de este mito cosmogónico. Por el momento, importa más presentar lo esencial del trabajo elaborado por Dähnhardt. Utilizando y completando los materiales recogidos por Veselovskij, Dähnhardt ha publicado versiones encontradas en Europa entre los búlgaros, los cíngaros de Transilvania, los rusos, los ucranianos, los letones, y también en Bucovina. Veremos que el mismo mito ha aparecido también en otras regiones de Europa central y septentrional. Con algunas variaciones—cuya importancia valoraremos más tarde—el argumento mítico es lo mismo.


La leyenda búlgara cuenta que al principio no había ni Tierra ni hombres, sino sólo Agua, y que no existían más que Dios y Satán. Un día dirigiéndose a Satán, le dijo Dios: “creemos la Tierra y a los hombres. —Pero, en ¿dónde buscaremos tierra?—preguntó Satán. —bajo el agua—respondió Dios—hay tierra. Tírate al agua y trae un poco de lodo; pero antes de zambullirte tienes que decir: ¡Con el poder de Dios y con el mío!, y llegarás hasta el fondo y encontrarás tierra”. Pero Satán dijo: “Con mi poder y con el de Dios”. Y no pudo, en consecuencia, tocar el fondo del mar. Sólo tras haber pronunciado la fórmula correcta, cuando se sumergió por tercera vez pudo alcanzar el fondo y volver con un poco de cieno entre sus uñas. Con estos residuos creó Dios la Tierra. Cuando éste se durmió, le llevó el Diablo cerca del agua e intentó ahogarle. Pero la Tierra se extendía sin cesar. De modo que el Diablo no lograba alcanzar nunca el agua. Veremos que esta extensión ilimitada de la Tierra prepara otro episodio mitológico en el que de repente la estatura de Dios parece haber disminuido extrañamente.


Entre los cíngaros de Transilvania se ha conservado esta leyenda. Al principio sólo existían las Aguas. Dios pensaba formar el mundo pero no sabía cómo hacerlo ni por qué motivo. Estaba irritado por no tener ni hermanos ni amigos. Furioso lanzó su bastón sobre las Aguas. El bastón se transformó en un gran árbol bajo el cual vio Dios al Diablo. Riendo le dijo éste: “¡Buenos días, mi buen hermano! No tienes ni amigos ni hermanos. ¡Yo seré un hermano y un amigo para ti!”. Dios se alegró y le dijo: “No serás mi hermano sino mi amigo, no debo tener hermanos”. Durante nueve días recorrieron la superficie de las Aguas, y Dios se dio cuenta de que el Diablo no le quería. Una vez, el Diablo le dijo: “Mi buen hermano, solos vivimos bastante mal. ¡Nos hace falta crear otros seres!”. “Crea, pues”, le replicó Dios. “Pero no sé, contesto el Diablo.

Quisiera crear un gran mundo, ¡Pero no sé, querido hermano!”. “Bueno, dijo entonces Dios, crearé el Mundo. Sumérgete en las Grandes Aguas y tráeme arena. Con esa arena formaré el Mundo.” Sorprendido, el Diablo le preguntó: “¿Quieres hacer el mundo con arena? ¡No comprendo!”. Dios le explicó: “Digo mi nombre sobre la arena y la Tierra nacerá. ¡Ve y trae arena!”. El Diablo se zambulló. Pero también él quería formar un Mundo, y como disponía ahora de arena pronunció su propio nombre. Pero la arena le quemó y tuvo que tirarla. Dijo entonces que no había encontrado nada. Pero Dios le mandó de nuevo. Durante nueve días guardó el Diablo la arena repitiendo  siempre su propio nombre, y como la arena le quemaba cada vez más se volvió del todo negro y se vio finalmente obligado a tirarla. Cuando Dios le vio, exclamó “te has vuelto negro, eres un mal amigo. Ve y trae arena, pero no vuelvas a pronunciar tu nombre, porque de lo contrario te quemarás por completo”. El Diablo se sumergió de nuevo y trajo al fin la arena. Dios formó el Mundo y el Diablo se regocijó: “Aquí bajo este gran árbol—dijo—voy a vivir, y tú, querido hermano, búscate otra morada”. Dios se enfadó. “Eres un mal amigo—exclamó—. No quiero más trato contigo. ¡Vete!.” Apareció entonces un toro muy grande que se llevó al Diablo. Y del gran árbol cayó carne sobre la tierra, y de las hojas del árbol surgieron hombres.


En Bucovina se ha conservado la leyenda siguiente: cuando sólo existían el Cielo y las Aguas, sobre éstas se paseaba Dios en barca. Encontró Dios una bola de espuma, en el interior de la cual se hallaba el Diablo. “¿Quién eres?”--preguntó Dios. Pero el Diablo no estaba dispuesto a responderle a no ser que Dios le llevase en su barca. Dios aceptó y tuvo la respuesta: “¡Soy el Diablo!”. Tras haber viajado largo tiempo en silencio, el diablo le dijo “¡Qué bueno sería que existiera la tierra firme!”. Dios le mandó entonces zambullirse y tomar arena en su nombre. Siguen los detalles familiares: los tres buceos, la Creación del Mundo con algunos granos de arena, el reposo de Dios durante la noche, el intento del Diablo de ahogarle—con las consecuencias conocidas—el despliegue de la Tierra.


Sería inútil citar las demás variantes: letonas, polacas, rusas, etc. Recordemos tan sólo algunos detalles significativos. Así, por ejemplo, según una leyenda finesa, antes de la Creación del Mundo se encontraba Dios sobre una columna de oro en medio del mar. Viendo su imagen reflejada en el agua, le gritó: “¡Levántate!”. La imagen era el Diablo. Dios le preguntó cómo podría formarse el Mundo. El otro le respondió: “hay que bajar tres veces al fondo del mar”. Entonces Dios le mandó sumergirse.


Los estonios cuentan que al principio el espíritu de Dios se movía por encima de las Aguas. Dios oyó un ruido, vio subir bolas a la superficie, y escuchó una voz que le gritaba: “¡Espérame!”. Dios le aguardó “¿Quién eres?” –le preguntó –“Soy Otro” –contestó. Y Dios le mandó a buscar cieno en el fondo del mar.


Aunque forme parte de los mitos de los ugrianos—que presentaremos más abajo con las tradiciones del Asia central—recordemos también esta variante morvina: Dios (Tsam-Pas) se encontraba solo en un peñón. Pensaba formar el mundo “no tengo—se dijo—ni a un hermano ni a un compañero con quien discutir este asunto!” escupió entonces sobre las Aguas. De su escupitajo nació una montaña. Tsam-pas la golpeó con su bastón, estalló, y de ella salió el Diablo (Saitan). Tan pronto hubo aparecido, el Diablo propuso a Dios ser hermanos y crear juntos el mundo. “No seremos hermanos—le respondió Tsam-Pas—sino compañeros”. Y le mandó buscar arena en el fondo del mar. Pero en vez de pronunciar el nombre de Dios, Saitan pronunció el suyo. Entonces prendieron llamas en el fondo del mar, del que salió el Diablo todo quemado. En el tercer buceo pronunció el nombre de Dios. Logró así coger arena, aunque guardándose un poco en la boca. Pero cuando este polvo empezó a crecer y su cabeza se hizo grande como una montaña, hasta el punto de estallar, Dios tuvo piedad de él y le golpeó la cabeza. Saitan escupió con tal fuerza que un temblor sacudió toda la tierra, naciendo de él las montañas y las colinas.


Entre los rumanos, este mito tiene un desenlace de interés para nuestro tema. Dios, al despertarse, observó que la Tierra se había extendido tanto que ya no quedaba sitio para las Aguas. No sabiendo cómo remediar esta situación, envió a la abeja donde el erizo—el más sagaz de los animales—para que le aconsejara. Pero el erizo se negó a ayudarla, con el pretexto—decía—que Dios es omnisciente. La abeja sabía, empero, que el erizo tenía la costumbre de hablar a solas. En efecto pronto le oyó murmurar: “es claro que Dios no sabe que hay que hacer montañas y valles para dejar sitio a las Aguas”. Voló la abeja hasta Dios, y el erizo le maldijo y la condenó a no comer más que inmundicias. Pero Dios bendijo a la abeja: el excremento que comería se convertiría en miel.


Entre los búlgaros, el mito es todavía más drástico. La Tierra se había desarrollado de tal modo que el Sol ya no lograba cubrirla. Mandó Dios al ángel de la guerra donde Satán para preguntarle lo que debía hacerse, pero no consiguió acercarse a él. Dios creó entonces la abeja, y le mandó posarse en el hombro del Diablo para escuchar lo que éste decía. “Oh, qué tonto es Dios—murmuró el Diablo—no sabe que hay que coger un bastón, santiguarse en las cuatro direcciones y decir: ¡tanta Tierra basta!”. La abeja se apresuro a contarle a Dios la solución del enigma.

 

El  “cansancio” de Dios

Este mito cosmogónico se distingue claramente tanto de las tradiciones bíblicas como de las mediterráneas. El Dios cuyas peripecias acabamos de referir no tiene nada que ver con el Dios creador del Antiguo Testamento, ni tampoco con los dioses creadores y soberanos de la mitología griega. Por otra parte, el paisaje mítico mismo es por completo diferente. Le falta la amplitud, la majestuosidad de las cosmogonías griega y bíblica. Ciertamente, las Grandes Aguas primordiales están ahí, pero tanto el argumento como los personajes del mito son más bien modestos: un Dios que crea a disgusto—o a sugerencia del Diablo y con su ayuda—y que no sabe cómo acabar su obra; un Diablo que a veces se muestra más inteligente que Dios, pero que usa subterfugios infantiles—ocultar un poco de barro en la boca, intentar ahogar a Dios tirándole al agua, etc. —la abeja y el erizo. Este universo mítico, humilde y modesto, no está provisto de significación. Con todo, cualquiera que sea el origen de este mito cosmogónico, parece seguro que ha circulado por los ambientes populares y que ha debido adaptarse a las audiencias más vulgares.


El mito puede resumirse en los puntos siguientes: 1) las Aguas primordiales; 2) Dios, paseándose por la superficie de las Aguas; 3) el Diablo, que aparece desde el comienzo del relato, o que Dios encuentra más tarde, o que crea involuntariamente a partir de su sombra, de su escupitajo o de su bastón; 4) la “semilla de Tierra” que yace en el fondo de las Aguas, cuya existencia sólo Dios conoce, y con la que sólo él es capaz de formar el Mundo; semilla que, por razones desconocidas, Dios mismo no quiere—o no puede—traer, y manda entonces al Diablo a buscarla; 5) el triple buceo del Diablo y su impotencia para coger cieno en su propio nombre; 6) la potencia creadora de Dios, que hace crecer prodigiosamente los granos de arena o los restos de légamo prendidos en las uñas del Diablo. Pero esta creación tiene algo de “mágico” y “automático”: la Tierra crece a partir de su semilla un poco como el “mango-trick”, el cual brota vertiginosamente de su hueso y da fruto en unos instantes; o la Tierra se dilata “automáticamente” a hurtadillas de Dios, sólo porque el Diablo a intentado ahogarle durante su sueño; 7) lo que francamente sorprende en los relatos mitológicos es el cansancio de Dios tras haber creado el Mundo. Dios quiere o tiene necesidad de descansar; se duerme profundamente, como los campesinos tras la jornada de trabajo, de modo que ni siquiera se siente instigado por el Diablo. Es cierto que en relatos populares parecidos Dios resulta muchas veces fuertemente antropomorfizado. Con todo, en nuestro mito, el cansancio y el sueño de Dios no parecen muy justificados, ya que, en resumidas cuentas, Dios casi no ha trabajado: es el Diablo el que se ha zambullido tres veces—sin dormirse por ello—y es gracias a la “magia” que la Tierra se ha dilatado considerablemente; 8) esta nota negativa, descubierta de repente en la persona de Dios, se agrava aún más en la segunda parte del mito, cuando Dios mismo reconoce su incapacidad para resolver un pequeño problema post-cosmogónico, teniendo que ser finalmente aconsejado por el Diablo o el erizo. El cansancio físico que le había obligado a acostarse y a dormirse profundamente se acompaña ahora de un cansancio mental; de repente, Dios que parecía ser omnisciente—sabía lo esencial: el lugar donde encontrar la “semilla de Tierra” y cómo crear el mundo—, muestra ahora una inteligencia extrañamente disminuida: incluso cuando sus facultades creadoras están todavía intactas—como en la variante búlgara, donde crea los ángeles y luego la abeja—su inercia mental parece ser completa; y no sólo el Diablo conoce la solución del problema, sino también el erizo, que, aunque el relato no lo señale, es una de las criaturas de Dios.


Más que el “dualismo”, son estos elementos negativos —el cansancio de Dios, su sueño profundo, el declive de su inteligencia— los que contribuyen a dar un carácter absolutamente distinto a los mitos cosmogónicos rumano y del sureste de Europa. Pues, como veremos más adelante, el “cansancio” o la “decadencia” de Dios no son partes integrantes de este mito tal y como se conoce en el Asia central y septentrional.


Cualquiera que sea el origen de este tema mitológico, una cosa nos parece clara: que el carácter dramático de los últimos relatos que acabamos de analizar se debe menos al antagonismo del Diablo que a la pasividad de Dios y a su incomprensible decadencia. Resulta inútil repetir que este Dios no tiene nada que ver con el Dios creador y cosmócrata del judeo-cristianismo. Y aunque la vida religiosa de todos estos pueblos de la Europa suroriental esté inspirada y organizada por la Iglesia y encuentre su fuente en la creencia en un Dios trinitario, en las leyendas cosmogónicas que nos ocupan—así como en algunos otros temas folklóricos—, nos hallamos ante otro tipo de Dios: un Dios padeciendo su propia soledad y sintiendo la necesidad de tener un compañero para formar el Mundo; un Dios distraído, cansado y que, en resumidas cuentas, se muestra incapaz de rematar la Creación por sus propios medios.


Puede compararse este Dios con el deus otiosus de tantas religiones “primitivas” en las que, tras haber creado el Mundo y a los hombres, se desinteresa por la suerte de su Creación y se retira al Cielo, confiando el cumplimiento de su obra a un Ser sobrenatural o a un demiurgo. No queremos decir con esto que el deus otiosus de las sociedades arcaicas— tal y como se encuentra, por ejemplo, en los Selk’nam, los bambuti y en tantas otras poblaciones africanas— sobreviva en las creencias de las poblaciones del sureste de Europa. No se trata necesariamente de una supervivencia de los tiempos más remotos, sino de un proceso que ha podido darse mucho más tarde. En otras palabras: los caracteres negativos descubiertos en nuestros mitos cosmogónicos pueden ser interpretados como la expresión popular y, en suma, reciente de un deus otiosus, de un Dios que se aleja tras haber creado el mundo y que por eso no está en el centro mismo del culto. Añadamos que el tema del “Dios lejano” desempeña un papel capital en el folklore religioso rumano, y que resulta también abundantemente confirmado en los demás pueblos de la Europa suroriental. Según estas creencias, al principio, Dios bajaba de vez en cuando a pasear por la Tierra en compañía de San Pedro; pero, a causa de los pecados de los hombres, terminó por renunciar a estas visitas y se aisló definitivamente en el Cielo. El alejamiento de Dios encuentra su inmediata justificación en la depravación de la humanidad. Dios se retira al Cielo porque lo hombres han elegido el mal y el pecado. Es una expresión mítica de la desolidarización con el mal y con la humanidad pecadora; más adelante tendremos ocasión de señalar otras expresiones. Pero es evidente que este Dios que se retira y se aleja no es el del judeo-cristianismo.

Mircea Eliade

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