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FANTASIAS AMOROSAS Y PAREJAS  DIVINAS

La secuencia de imágenes del sueño que describo a continuación nos puede dar una idea inicial sobre la fantasía amorosa:

“Abandoné nuestro paisaje montañoso paseando a lo largo del río. Me sentía solo y también libre pero el sentimiento de desarraigo superaba al sentimiento de libertad. Miraba constantemente alrededor por si podía ver al menos a una persona de confianza. Pero allí había hombres que me inspiraban temor, por su forma brutal de actuar, y gente ensimismada que no notaba mi presencia. Poco a poco me di cuenta de que o no estaba amenazado, excepto por el hecho de que nadie se había percatado de mi presencia…”


“En donde antes un puente cruzaba el río, había ahora –como en antaño –una mujer que conducía el transbordador. A su lado, había un hombre joven. Ambos parecían quererse mucho, sin que sus gestos lo  delatasen. Sencillamente, se notaba. Él era joven –y de algún modo también viejo –y producía el efecto de un hombre joven y despierto. Ella era preciosa, algo exótica, muy cautelosa y concentrada en su tares. Ambos estaban muy concentrados en su tarea”.

“Se apoderó de mí un anhelo inmenso de formar parte de ellos. Durante el tiempo que permanecí en el barco, estaba envuelto en su atmósfera. Sentía su privacidad y ese pertenecerse mutuo y el entregarse a un proyecto común”.

“Me desperté lentamente pero intenté postergar ese momento. Una profunda tristeza me cautivó: también ellos se separarían, no podrían permanecer siempre como una unidad.  Entonces pude rescatar esa sensación de ser uno. Pues ellos no actuaban como personas, sino como dioses, transformados en  personas…”

Este es el sueño de un hombre de veintiocho años que la noche anterior había conocido a una mujer que le fascinó y, durante la noche, había estado ideando fantasías amorosas con ella.

Se imaginó como sería su próximo encuentro; lo que le quería decir. También visualizó la imagen de ella, intentando rescatarla de la  memoria. Se imaginó a sí mismo con ella como pareja en distintas situaciones; intentó elucubrar conversaciones entre ellos dos, inventó apelativos cariñosos para ella imaginó también los que ella podría inventar para él.

Cuando por fin se durmió, tuvo el sueño descrito, que le conmovió profundamente y le inquietó. Estaba especialmente emocionado por la imagen de esta pareja que le pareció divina y humana a la vez. Pero lo que le fascinaba especialmente no eran solo aquellas figuras, que al despertarse habían desaparecido, si no más bien la interacción entre ellas, como refleja su narración. La “unidad”, el “ser-uno” de ambos, la forma que “se entregan a un proyecto común”, éstas son las palabras que él enfatiza al narrar la experiencia del sueño. En sus asociaciones dice: tuve un sentimiento de “plenitud” y de “misterio”.

La idea de que él puede experimentar con la pareja algo totalmente nuevo queda expresada en la imagen de la travesía por el río hacia una nueva orilla. De la misma forma, su fascinación emocional por esta pareja –que le lleva afirmar que se trataba de dioses personificados en seres humanos –indica un aspecto de lo que trasciende, de lo que va más allá de los límites de la vida cotidiana.

La pareja no le recuerda a las fantasías que había imaginado durante la noche anterior al sueño, la mujer del transbordador no era parecida a la que le había fascinado el día anterior o, al menos, él podía confirmar eso. Él quisiera ser como el hombre joven del sueño que también había sido juicioso y le había dado la impresión de que siempre se le ocurría algo en cada situación. Pero según su razonamiento, él no era un tipo tan despierto, sino simplemente un hombre meditativo, aunque también astuto, él era, sencillamente, muy vital.

Se sentía tan vital desde que conocía a esa mujer y le gustaría poder vivir una relación así, igual que en el sueño, él y ella concentrados en su tarea. Éste era su ideal. Pero, en el sueño ambos eran personas muy especiales, si es que se les podía siquiera llamar personas, y él no era alguien fuera de lo común. Ellos representaban así uno de sus máximos ideales. El hombre también estaba muy preocupado por el hecho de que en el sueño él venía de una región que le era conocida, en la que se sentía “natural del hogar”. El amor que nacía en su sueño estaba también representado por el abandono del paisaje de su juventud. El sueño muestra además lo solo que se siente y cómo esa ruptura le aporta libertad pero también indefensión, está ligado al miedo, sobre todo siente temor de no ser totalmente aceptado en un nuevo ambiente. Estas escenas de sueños también pueden interpretarse de forma que todas las personas que aparecen en ellas son concebidas como componentes de la personalidad del que sueña. Es decir, que también los hombres brutales–o los hombres que eran brutales intencionadamente –eran aspectos rudos, propiamente masculinos de él mismo, los cuales se muestran en esta situación de inseguridad que significa la partida. Él tiene miedo, por ejemplo de llegar a ser brutal en una situación muy comprometida. Pero en el sueño, no se queda paralizado ante el aspecto que más miedo produce, sino que sigue el curso de un río que conoce muy bien y del que sabe donde se encuentran los puentes. Sin embargo, al llegar al lugar del río por donde se puede cruzar no existe, a diferencia de la realidad, ningún puente. El río de la infancia ha cambiado. En lugar de puentes, hay una pareja que viaja conduciendo un transbordador. Esta pareja hace que él se sitúe en la otra orilla, en busca de nuevas posibilidades.

Este sueño fue probablemente provocado por el enamoramiento del día anterior y por las vivas fantasías que se habían desarrollado a raíz de ese hecho. Dichas fantasías son típicas del estado de enamoramiento, que es, precisamente, cuando están más exaltadas, y son más abigarradas; el enamorado es creativo. Pero no sólo cuando estamos enamorados tenemos fantasías amorosas, también fantaseamos continuamente sobre nuestras relaciones.

Es típico de las relaciones amorosas el imaginar no solo a la pareja o a una posible y ansiada pareja, si no también, más o menos conscientemente, a nosotros mismos como un personaje de esta historia amorosa. Además, nos vemos tal y como quisiéramos o podríamos ser para esa persona amada.

El hombre expresa esto en el sueño, cuando dice que quisiera ser como el joven, meditativo, listo y vital. Y, al afirmar que se siente tan vivo desde que conoce a esa mujer, da a entender que, a través de la fascinación que siente por ella, también estimula una parte vital, despierta y sabia de sí mismo.

Esta mujer amaría precisamente esa parte de él. Éste me parece un aspecto especialmente importante de una relación: todas las personas que nos atraen, aman algo de nosotros, se remiten a nuestra psique y esto puede recuperarse después en la vida. Lo que ha sido estimulado una vez, transforma nuestra alma y a nosotros mismos. También cuando nos separamos de una persona nos queda aquello que esa persona amaba en nosotros, lo que había gustado de nosotros y, al hacerlo, también lo había sacado a la luz. Eso es algo que ya nadie nos puede quitar, que pertenece a nuestra historia vital, algo que nos a hecho posible experimentar y vivir nuevos aspectos de nuestro ser. Si somos consientes de este hecho, no nos perdemos también a nosotros mismos al romper una relación.

Y esto no es sólo válido para las relaciones amorosas. Pero sobre todo es con este vínculo cuando se ponen de manifiesto y se experimentan estos aspectos. No obstante, lo que sale a la luz en un caso excepcional, en una situación limite de la experiencia humana – como es el amor- , puede mostrase en pequeñas relaciones dramáticas, si nuestra experiencia y nuestro modo de ver se agudizan gracias a ello.

Tal vez se podría afirmar ahora que el hombre que tiene ese sueño es una persona astuta. Pero no es así: más bien es un hombre lento y reflexivo, a quien le gusta que todo transcurra según las pautas que se ha prefijado y que adolece de falta de entusiasmo. Él también estaba muy sorprendido de ser capaz  de tener fantasías tan “atrevidas” sobre sí mismo y su posible compañera.

Tanto en sus fantasías amorosas como en un sueño, se pone de manifiesto que no se trata sólo de verse a uno mismo de la forma deseada y a las personas amadas, tal y como las anhelamos – auque también se trata de eso -, si no de que imaginemos sobre todo el tipo de relación, lo cual naturalmente también tiene que ver con el  modo específico de ser de ambos miembros de la pareja.

Los apelativos cariñosos son importantes para el sujeto que sueña cuando imagina despierto. No se trata solo del aspecto relativo a la seguridad, sino que los apelativos cariñosos son, a la postre, nuevos nombres que se dan respectivamente los amantes entre si, es decir, forman parte de la fantasía amorosa con una persona muy especial. Así, por ejemplo, ella será una “corazoncito” y él, un “cariñito”. Los apelativos cariñosos son la expresión de una relación concreta, a menudo también de un período de tiempo determinado, en el transcurso de esa  relación. Cuando una pareja recupera un antiguo apelativo cariñoso, ambos componentes recuperan la vez una antigua fantasía amorosa en la que se había basado su relación de pareja. También surgen muchos recuerdos y se reviven muchas experiencias que entonces les habían mantenido unidos. Pero los apelativos cariñosos también expresan que ambos han evolucionado un poco más en la relación, que algunas partes de ellos, que sólo tienen significado en relación con el otro, cobran vida.

Esta pareja se puede entender de forma simbólica: ambos se han  constelado en el alma del hombre que ha tenido el sueño y expresan, por lo tanto, opciones vitales de éste. Personifican así la forma abnegada de vida, -con el sentimiento de plenitud, que es un sentimiento de felicidad – que él quiere llevar. Pero en la situación del enamoramiento veremos esta imagen mucho antes. Así, este hombre quisiera poder vivir la relación con una mujer y, como mas tarde afirma, esto representa su “ideal”. Él es una persona con muchos ideales y, cuando aparece de nuevo algo totalmente ideal, se muestra un poco inseguro.

Las fantasías amorosas aluden a lo ideal y la pareja amada es idealizada por que si no, no sería la pareja amada, uno mismo también participa progresivamente de esa idealización, como parte de la fantasía amorosa con esa pareja.

Dostoievski lo expresó más o menos así: amar a una persona significa verla como Dios la hubiese querido crear. A esto se podría añadir que, cuando no somos amados, también nos experimentamos a veces como Dios nos hubiera querido crear.

Esto forma parte de la naturaleza del amor. Quizá el amor nace, irrumpe en nosotros únicamente cuando vemos en una persona amada sus mejores cualidades y podemos amarlas. Las mismas cualidades que conducen  al ser amado a través de la estrechez de su propio desarrollo personal hasta ese estadio y que abren su vida hacia algo que no creía posible. Y en tanto que  vemos las mejores cualidades de una persona – o, quizá mejor, al entreverlas-, ganamos, como amantes, parte de ella y también se despiertan aspectos de nosotros que van más allá de lo que hemos llegado a ser, de aquello a lo que nos  habíamos propuesto llegar.

Lo que vemos en un ser amado puede ser un “ideal consolidado en uno mismo”, que necesita precisamente de la fantasía de un amante para encarnarlo en la vida cotidiana. Pero también puede ser, en primera instancia, únicamente  el ideal del que ama. En cualquier caso, inmediatamente seguirá a eso la desilusión, aparecerá la decepción. Pero no es si no el secreto del amor lo que, de repente, proporciona a una  persona la imaginación y el valor de ver algo en otra, que esta misma quizá anhela pero todavía no conoce y que jamás podría permitirse, si no le hubiese llegado a través del amor desde el exterior.

En las fantasías amorosas, no proyectamos únicamente en los demás lo que nos falta y lo que se desarrolla en el otro, procedente de nuestra psique. La persona amada no es simplemente un espejo a través del cual podemos llegar a nosotros mismos. A través del amor vemos  las mejores cualidades que tiene nuestra pareja y también damos al compañero la sensación de poder hacerlas realidad. Y si amamos realmente, también perdonamos al compañero que no sea capaz de desarrollar sus mejores cualidades, de acuerdo con sus expectativas, con esa persona amada y que, en consecuencia, la posibilidad de hacerlas realidad seguirá  existiendo mientras nosotros la mantengamos viva en nuestra imaginación.

Ciertamente, esto no debe entenderse como un acto de violencia imaginativa. El amor se caracteriza por ver muchas cualidades del ser amado que permanecen ocultas para el que  no ama. Pudiendo parecer, desde un punto de vista externo, la “ceguera” del amor, es sin embargo, desde dentro, el don de la profecía, la oportunidad del amor.
Este aspecto también se refleja en el sueño.

El hombre sueña después de haber fantaseado mucho. Por lo tanto, el sueño tiene algo que aportar a sus fantasías amorosas. Precisamente, se trata de este aspecto “ideal”, como él lo llamaba, o más bien, si seguimos fielmente el relato del sueño, el aspecto de una pareja “divina”, que se aparece ente el soñador en forma humana, de manera que este no siente que existe una distancia demasiado grande entre él y ellos.

El propio sueño desata esta visión ideal de la relación, mostrando que  todas las fantasías relacionadas con el trato afectuoso cotidiano poseen algo llamado “divino”, que va más allá de lo humano y que, sin embargo, puede ser un ser humano. Ciertamente ideal, pero expresión de cuando amamos también alcanzamos esos aspectos ideales del ser humano y que las características que atribuimos a los dioses, en la mayor parte de los casos inalcanzables para nosotros, ocupan aquí en forma de fantasía, de utopía, si se quiere, el ámbito de lo experimentable. Así, estas fantasías refuerzan enormemente al portador de esas imágenes en su autoestima y le aportan un gran estímulo, precisamente hacia la propia consecución de estas imágenes, profundamente escondidas.

Dichas imágenes se esconden tras todo amor cuando no pueden ser totalmente liberadas en forma de utopía, de estímulo para el desarrollo. Tras cada relación de pareja, hay fantasías amorosas que experimentamos como ideal y que, en consecuencia, encontramos también reflejadas en los mitos de las relaciones de los dioses. En tales relaciones ideales de pareja, las personas se imaginan cuanto menos a los dioses. Al contrastar este ideal con lo que vivimos, tiene lugar la vida real y, a través de ella, las fantasías amorosas también se transforman.

El hombre comenta que, en el sueño, esta pareja del transbordador le inspira un sentimiento de ser-uno y, en sus observaciones sobre el sueño, habla de un sentimiento de completitud. Cuando somos capaces de experimentar una pareja así, que desencadena tal emoción en nosotros, ya sea en un fantasma, en un sueño o bien partiendo de una situación de pareja real, nos sentimos también “plenos”, nos identificamos con nosotros mismos, la convicción de que estamos realizando un proceso de desarrollo que va parejo a la vida. Buscaremos, por supuesto, una pareja que pueda desencadenar este sentimiento de completitud tantas veces como sea posible, pues nada nos puede transmitir mayor autoestima y, al mismo, tiempo, un estado físico y anímico tan positivo. Pero, en mi opinión, la función de la pareja no es conservar ese sentimiento de completitud en nosotros, pues el compañero ya aporta bastante al provocar estas imágenes en nosotros, rescatándolas y dándoles vida, obligándolas a tratar con ellas y a encarnarlas.

El final del sueño esta dando por hecho de que el que esta soñando no quiere despertar por que podría perderse ese sentimiento de unidad, de completitud. Siente claramente que la unidad no sólo es una realidad, si no también la separación lo es. Y, al despertarse, experimenta alternativamente soledad y separación, y por lo tanto, debe aprender a superar el miedo a dicha separación. Por que es una realidad: el problema de la separación tiene que estar contemplado en todas las fantasías amorosas. Las personas no pueden vivir sólo en común, se tiene que seguir siendo un individuo. Y aun cuando en el amor, y en las fantasías amorosas relacionadas con él, se suprime la experiencia del estar separado, esto es únicamente un aspecto de la capacidad de relación. Y es sí como, en lo sucesivo, tendremos que tratar de ideales de relación de la actitud que nos une al otro pero también de la necesidad de la separación.

A modo de recapitulación, añadiré que nuestras relaciones siempre se basan en una fantasía amorosa. Cuando estamos enamorados, estas fantasías amorosas están especialmente exaltadas, estamos atrapados por ellas, les damos forma, las vivimos. Intentamos evocar, una vez más, una de esas fantasías en nuestra vida, deseamos visualizarla otra vez y sentir la imagen de nuestro compañero o compañera- en algunas de sus distintas formas-; intentamos vincular dicha imagen con la nuestra y nos preguntamos, a la vez, si ésta expresa aquello que nosotros queríamos ser para nuestra pareja.

Ésta es mi tesis: en mi fantasía amorosa yo me imagino una pareja. Esta pareja no sólo está formada por mi Yo, si no que, en mi imaginación, creo, a partir del estimulo que recibo por él o ella, una unión, que me augura una complementariedad  jubilosa y exaltada entre hombre y  mujer. En la fantasía no se muestra únicamente lo que este compañero o compañera podría ser para mí, lo que yo veo en el otro, si no también en mi concepto de lo que  él o ella ama en mí, las cualidades o los defectos que me inspira.

En esta fantasía, no solo se representa dos figuras como seres individuales; la fantasía crece, fundamentalmente, a partir de la relación que existe entre estas, su forma de tratarse, su alegría y satisfacción que surge de esa relación, casi como temores que hay que afrontar.

Tanto como las imágenes de la pareja como su forma de relación dependen de muchos aspectos: de la relación con los padres, de relaciones anteriores que les han proporcionado bienestar, de sus percepciones de las normas sociales, como se muestran por ejemplo en la televisión o en el cine, pero también de imágenes arquetípicas y, en relación con eso, del anhelo de vivir con la completitud en la experiencia amorosa, de sentir profundamente lo que esta separado siempre puede llegar a la unión y de como nosotros nos desarrollamos en esta unidad.

Pero en una relación amorosa también se esconde el anhelo  por llegar a ser plenamente, así como la esperanza de superar el estar separados de nuestro prójimo. Depende de este nivel arquetípico el que  nosotros en el amor veamos a la pareja pero también a nosotros mismos, tal y como Dios nos hubiese querido ver. Éste es el ingrediente enormemente estimulante del amor, que en las fantasías amorosas se nos muestra como una nueva luz: en amor nos hace crecer. Pero por supuesto, también lo que nos decepciona tiene que ver algo con ello: cuando no podemos soportar más estas imágenes, y, decepcionados, comenzamos a menospreciarnos mutuamente, es entonces cuando se produce la caída. Cuando las imágenes de apertura y transgresión, tal y como surgen en la primera fase del amor, se convierten en un decepcionante “así eres tú en realidad, y sólo así”, se estrecha la imagen de la pareja y el espacio, que inicialmente era de la libertad, se convierte en una cárcel.

El establecimiento de una relación conjunta entre dos personas depende, sin duda, de que sus respectivas fantasías amorosas se vean correspondidas. Nosotros nos adentramos en la realidad de manera que siempre intentamos realizar aspectos de una fantasía amorosa y observamos si nuestra pareja puede compartir también esa actitud e incluso enriquecer con su imaginación nuestra propia fantasía amorosa. Entonces sentimos que sintonizamos con la persona y surge el amor y también la ocasión de poder crear conjuntamente espacios de relación. Éstos son los espacios en los que el amor siempre puede darse, siempre puede encenderse de nuevo.

Si somos personas vitales constataremos que las fantasías amorosas se transforman continuamente en el transcurso de la vida y que, si queremos tener relaciones vivas, debemos compartirlas formulándolas como anhelo de una nueva vida conjunta- y no como reproches recíprocos-; debemos observarlas como señales en el camino de una relación conjunta.

La crisis y los problemas se experimentan al confirmar que una de nuestras nuevas fantasías amorosas no puede, o no puede aún, ser compartida con el compañero o cuando nosotros mismos no somos todavía consientes de nuestros nuevos anhelos.

 Autor:Verena Kast

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