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Inflación del Yo y “buena conciencia”

 

La antigua ética conoce dos reacciones ante la situación psíquica creada por la conciencia moral. Ambas son ciertamente fatales, pero lo son con diversos alcances y efectos para el individuo. La situación más frecuente, y la corriente para el hombre medio, es que el Yo se identifique con los valores éticos. Esta identificación pasa a convertirse en identificación del Yo con la persona. El yo se confunde con la personalidad aparente que ya en verdad es de por sí sólo un recorte de la personalidad según el molde de la colectividad, y olvida ser poseedor de lados que está en contradicción con la persona. Es decir, el Yo ha suprimido el lado de la Sombra y no mantiene contacto alguno con los contenidos oscuros que, como negativos, han sido segregados del ámbito consciente.


Por la identificación del Yo con los valores colectivos, el Yo tiene la “conciencia tranquila”. Presume de concordar con los valores positivos reconocidos de su ámbito cultural y ya no se siente solamente el portador de la luz, consciente del conocimiento humano, sino también de la luz moral del mundo de los valores.


El Yo incurre con ello en una falta “inflación”; es decir, lo consciente se vuelve invadido por un contenido inconsciente. La inflación de la “consciencia tranquila” consiste en la infundada identificación de un valor muy personal, el Yo, con un valor suprapersonal, lo que hace al individuo olvidar su sombra, o sea, su corporeidad y limitación de criatura, y con ello se cruzan la inevitable discordancia del Yo con los valores colectivos.


La represión de la Sombra y la identificación con los valores colectivos son dos aspectos de un mismo proceso. La identificación del Yo con la personalidad aparente posibilita la represión y esta es la base de la identificación del Yo—Persona con los valores colectivos.


Las formas en que se manifiesta la actitud ética de apariencia van desde la auténtica ilusión o desde la actitud de un “vivir como si” hasta la gazmoñería y la mentira hipócrita. Estas reacciones fallidas del hombre ante la exigencia ética no están limitadas a determinada época histórica, pero el Occidente de los últimos ciento cincuenta años muestra un cúmulo de tales pseudoactitudes. En ninguna época la identificación ilusoria del hombre occidental con los valores, que tiende un velo sobre la realidad, ha sido mayor que en la época burguesa que está por finalizar.


Pero, al contrario de lo ocurrido en tiempos anteriores, se ha tornado consciente, por diversos caminos, en la autocrítica del hombre moderno.
La fe del positivismo en el progreso de la Primera Guerra Mundial y la autoimposición del hombre moderno como sentido y cumbre evolutiva de la creación es el primer paso hacia la brutal auto institución de la raza aria de señores, a través del nacionalismo.


El ilusionismo y la mentira en lo colectivo de la guerra y en la paz es causa y consecuencia del ilusionismo y la mentira de los individuos que en todos los terrenos manifiestan su actitud pseudo cristiana, pseudo humanística, pseudo liberal y pseudo humana.


La inflación del Yo significa siempre el desborde de un contenido más vasto, más vigoroso y más cargado de energía que lo consciente, y determina por ello una especie de obsesión ejercida sobre la consciencia. Esta obsesión es por eso peligrosa, cualquiera sea el contenido que tras ella esté, porque obstruye la marcha del Yo y de la conciencia hacia una auténtica orientación realista.


Toda inflación y obsesión va acompañada de una restricción de la conciencia. Esto se muestra con máxima claridad en la idea fija, es decir en la situación en que el Yo se ve acomedido y capturado por un contenido obsesivo permanente y dominante por lo cual hace caso omiso de algunos aspectos esenciales de la realidad. El predominio del contenido de que se ve poseída la conciencia lleva a la represión de los elementos reales que contradicen al contenido del elemento poseedor, y la omisión de tales factores conduce luego a la catástrofe.


Como lo enseña la historia, tanto en grande como en pequeño, todo fanatismo, todo dogmatismo, toda unilatealidad compulsiva lleva finalmente a la ruina por obra de los elementos que son reprimidos, suprimidos y omitidos. La inflación del Yo por su identificación con los valores éticos colectivos no resulta funesta porque tales valores sean peligrosos por sí mismos; sino porque el individuo limitado, al identificarse en cuanto Yo con lo suprapersonal en forma de valores colectivos, pierde el sentido de sus límites y se convierte en inhumano.
La fundamental no identidad del individuo con lo suprapersonal es la base de su vida. Sólo en diferenciarse lo creatural limitado con la infinitud creadora se hace efectiva la unicidad e individualidad del hombre. Por la inflación, esta situación fundamental se omite y el hombre se torna quimera, puro espíritu y espectro.


Esta constelación, que se manifiesta psicológicamente, por ejemplo, en los sueños de vuelo o de invisibilidad, termina harto a menudo como el vuelo del Ícaro, que es la representación simbólico-mitológica de esta situación psíquica fundamental. Las alas del Yo en inflación, unidas sólo por cera, no pueden resistir, en la excesiva altura de su vuelo, la energía disolvente del sol de lo suprapersonal. El precipitarse en el mar, el ser devorado por lo inconsciente, la aniquilación de ese Yo ilusionado de inmortalidad: tal es el fin.


Precisamente lo inferior—que la hybris, insolente egreimiento del hombre, pasa por alto—lo lleva a la ruina; lo reprimido y descuidado en la soberbia del vuelo, toma venganza.


Conocemos el mar devorador, por el simbolismo de la mitología y de los sueños, como imagen del inconsciente. La ley según la cual, en la mitología, la hybris es castigada por los dioses vengadores con la destrucción del hombre por la hybris misma, es proyección de una ley psicológica. Toda inflación, toda autoidentificación del Yo con un contenido suprapersonal—y tal es la significación de la hybris, por la cual el hombre se cree igual a los dioses—conduce a la destrucción, en que el contenido suprapersonal, los dioses, aniquilan al Yo, quien no está a la altura de la energía superior de aquéllos.


Mientras que la imagen mitológica representa las consecuencias de la inflación para el Yo, nosotros hemos de ocuparnos más bien de las catástrofes colectivas que resultan de la actitud exigida por la antigua ética. La inflación de los valores es la forma más frecuentemente elegida por el hombre medio para la realización de la antigua ética; pero no la única.

 


Autor: Erich Neumann.


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