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La carta que falta

Un día escribió Kafka una carta al padre asestándole duros golpes. Después se publicó y fue fervorosamente aplaudida. En ese clima nos criamos, en el de los padres culpables y el de los hijos absueltos, a priori.

Y es cierto, los padres son culpables, culpables de hacerse culpables. Culpables del miedo, el miedo a los hijos. Culpables de usar el miedo para eludir responsabilidades de educación, decisión, formación en valores. Culpables de no ser padres o de serlo únicamente a la defensiva, pidiendo perdón, solicitando un mendrugo de caridad comunicativa, comprendiendo demasiado cuando no comprenden nada.

Kafka tenía suerte: tenía padre, tenía contra quién rebelarse, a quién escribirle una carta.

“Eras tan gigantesco en todo sentido, ¿qué importancia podía tener para ti nuestra compasión o nuestra ayuda?”

Así era entonces; padres gigantescos que aplastaban a sus hijos con el autoritarismo de su mera presencia.

Evolucionamos hacia la igualdad. Nadie es gigante, nadie es enano. Para no ser culpables, los padres piden indulgencia e inclusive suplican que los hijos los críen a ellos.

Por miedo de ser gigantescos y represores, los padres se retiran de la escena y dejan a los hijos solos, explicándoles que anhelan que se desarrollen en libertad.

No se desarrollan en libertad: crecen en el vacío. Los jóvenes siempre tienen la razón. Y, sin embargo, no son felices. Porque tener razón es confrontarla con alguien, pero tenerla en el vacío es sentirse desnudo y desvalido.

Ser hijo es enfrentarse con padres; ser joven es enfrentarse con gente que no lo es y que, por tanto, piensa diferente. Si tal enfrentamiento no sucede, no hay crecimiento. El padre que se abstiene no respeta a su hijo; simplemente da vuelta la cabeza y mira en otro sentido y cree que de esa manera es moderno.

Por cierto que esto de la culpa es juego. Nadie es culpable a menos que le convenga.

El miedo a educar, a dejar huellas en las tiernas almas infantiles, a marcarlos indeleblemente, es buena excusa para hacerse amigo del hijo.

Así se logra cierta uniformidad cósmica en la que todos son hijos, con el mismo ruido en los oídos, las mismas expresiones en la boca, en el mismo gimnasio de la juventud.

Georges Suffert en su libro Carta abierta a los jóvenes de veinte años a quienes  se miente les habla a los padres:

“¿Qué esperaban de ustedes? Esto simplemente; que fueran ustedes mismos que contasen sus historias de oficina, que hablaran de dinero cuando les faltaba, que dijesen sí cuando les parecía razonable, que supieran decir no…
…Sus hijos necesitaban un padre y una madre. Ni más ni menos. Nada de compañeros entrecanos…
La obcecada voluntad de escapar a su edad, de seguir siendo jóvenes, de ser de su tiempo, los transformó, para sus hijos, en zombies.”

Los absolvemos para que nos absuelvan.
Los comprendemos para que nos comprendan.
Todos somos iguales, decimos y, a tal efecto, nos vestimos con sus ropas. Estar al día es el lema de todo buen padre.

Y si el chico tiene problemas, corremos al especialista. Somos humildes: enseguida le entregamos el hijo a otro, que sabe más, para que se ocupe de él y nos ayude a hacerlo feliz.
Además, ¿no sufrimos también nosotros del trauma de nacimiento? ¿De nuestros tempranos complejos, nadie se apiada? Para sentirnos totalmente iguales y nada castradores, a los hijos que vienen a contarnos sus cosas los sentamos en los sillones del living y les contamos nuestros tristes recuerdos de frustraciones, para que no se sientan solos.
Somos amigos.

Y somos culpables. Una nube de culpabilidad difusa cubre el planeta.

Si todos somos culpables, nadie es responsable.
Todos debemos perdonarnos.

El vacío es esa ausencia de responsabilidad.
Kafka, en su memorable carta, escribe:

“Por fortuna hubo también momentos de excepción”

Es decir, momentos de felicidad con el padre.
La dicha está compuesta de momentos de excepción. Es cuando la culpa desaparece. Cuando dejamos de plantearnos falsas encrucijadas y nos atrevemos a vivir, a amar, a acariciar, a gritar, a decir lo que realmente pensamos, a dejar de comprender todo, a sonreír únicamente cuando la sonrisa proviene de las profundidades del ser.

“Por fortuna hubo también momentos de excepción”

Autor: Jaime Barylko


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