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LA HERENCIA FAMILIAR


El mito habla en forma elocuente y extensa del misterio de la herencia que pasa de una generación a otra. A diferencia de hoy en día, cuando percibimos el asunto de la herencia familiar  casi exclusivamente desde el punto de vista financiero o genético, el mito presenta ante nosotros un retrato vivo de la herencia psicológica, consiste en la transmisión de conflictos y dilemas pendientes de solución que conforta cada generación, hasta que un miembro de la familia, con suficiente honestidad y valor, tarta el asunto conscientemente y con integridad. La herencia familiar en el mito puede ser positiva o negativa o una mezcla de ambas; pero invariablemente se encuentra vinculada a los dones de los dioses y se utiliza por las generaciones sucesivas ya sea constructivamente o bien con arrogancia e ignorancia.

LOS HIJOS DE VIENTO


Inteligencia Sin Humildad


ESTE RELATO GRIEGO ESTA RELACIONADO CON UNO DE LOS MAS GRANDES MISTERIOS DE LA FAMILIA; ¿DE DONDE PROVIENEN NUESTROS DONES Y TALENTOS? ESTA HISTORIA NOS HABLA DE UN DON QUE PASA DE UN DIOS A SUS DESCENDIENTES HUMANOS. ELLO IMPLICA QUE NUESTROS TALENTOS NO SON “NUESTROS”, SINO QUE SON PROPIEDAD DE LOS DIOSES, Y QUE SE MANIFIESTAN A TRAVÉS DE LOS SERES HUMANOS QUE SON LOS CUIDADORES Y RECEPTORES DEL DIVINO PODER CREADOR, ASIMISMO, SUGIERE QUE EL MAL USO DE LOS DONES HEREDADOS PUEDE TERMINAR EN DESASTRE, Y QUE DEPENDE DE NOSOTROS UTILIZAR NUESTROS TALENTOS PARA SERVIR EN LUGAR DE CONTROLAR LA VIDA.

El rey de los vientos era conocido como Eolo. Era inteligente e ingenioso, y fue quien inventó las velas de los barcos. Pero también era piadoso y justo, y veneraba a los dioses; por eso, su divino padre, Poseidón, dios del mar, lo nombró guardián de todos los vientos. El hijo de Eolo, Sísifo, heredó su inteligencia, adaptabilidad e ingenio, pero, lamentablemente no heredó su piedad. Sísifo era un bribón astuto y un ladrón de ganado que obtuvo un reino mediante la traición; y una vez en el poder resultó ser un cruel tirano. El método de ejecutar a sus enemigos –para no mencionar a los viajeros ricos suficientemente imprudentes como para arriesgarse a utilizar su hospitalidad- era atarlos a estacas en el suelo y aplastarlos con pesadas piedras.


Finalmente, Sísifo fue demasiado lejos y le hizo trampa a Zeus, rey del cielo. Cuando Zeus le robó una chica al padre de esta y la escondió, Sisifo era la única persona en la tierra que sabía dónde la ocultaba, y prometió a Zeus que guardaría el secreto. Pero, a cambio de un soborno, le reveló al padre de la chica dónde podía encontrar a los amantes. La recompensa por parte de Zeus fue su muerte. Pero el hábil Sísifo engañó a Hades, dios de la muerte, le ató de pies y manos y lo encerró en un calabozo. Ahora que el amo del inframundo estaba preso, ningún mortal podía morir. Esto resultó especialmente irritante para Ares, el dios de la guerra, ya que por todo el mundo ocurría que los hombres que mataban en las batallas volvían de inmediato a la vida dispuestos a luchar otra vez. Finalmente, Ares liberó a Hades, y entre ambos cogieron a Sísifo por los brazos y se lo llevaron por la fuerza al inframundo.


Rehusando admitir su derrota, Sísifo ensayó una nueva estratagema para escapar a su destino. Cuando llegó al inframundo, fue derecho ante la reina Perséfone y se quejó de que lo habían arrastrado hasta allí vivo y sin haber sido enterrado, y que necesitaba tres días para ir al mundo superior a disponer su funeral. Lejos de sospechar nada, Perséfone accedió, y Sísifo regresó al mundo mortal y continúo su vida igual que antes. Desesperado, Zeus envió a Hermes, que era aún más inteligente que Sisifo, para obligarlo a asumir su condena. Los jueces de los muertos aplicaron a Sísifo un castigo adecuado tanto a sus métodos engañosos como a su crueldad manifiesta al matar a la gente a pedradas. Colocaron una enrome piedra sobre él en la ladera de una colina muy escarpada. El único modo que tenía para impedir que la piedra resbalara y lo aplastara  era hacerla rodar colina arriba. Hades le prometió que si lograba empujarla hasta la cima y después hasta abajo por el otro lado, cesaría su castigo.  Con inmenso esfuerzo, Sísifo hacía rodar la piedra hasta la cima de la colina, pero la enorme piedra le jugaba siempre un mala pasada; se deslizaba de su manos y lo perseguía colina abajo hasta llegar a la base. Este fue su destino hasta el fin de los tiempos.


Volviendo a la tierra, Sísifo había dejado hijos y nietos, y todos ellos heredaron la inteligencia brillante de Eolo, el rey del viento. Pero no usaron el don prudentemente. El hijo de Sísifo se llamaba Glauco. Era un hábil jinete, pero, despreciando el poder de la diosa Afrodita, rehusó permitir que sus yeguas criaran. Actuando de este modo, esperaba lograr que fueran más briosas que las demás contenientes en las carreras de los carros, que eran su interés principal. Pero Afrodita se sintió vejada ante esta  violación de la naturaleza por las maquinaciones humanas y sacó a las yeguas durante la noche para que comieran una hierba especial. A la mañana siguiente, tan pronto como Glauco las unció a su carro, se desbocaron, volcaron el carro, lo arrastraron por el suelo enredado entre las riendas y después se lo comieron vivo.


El hijo de Glauco se llamaba Belerofonte. Este apuesto joven había heredado la inventivita y el ingenio rápido de su bisabuelo Eolo, el temperamento fiero de su abuelo Sísifo y la arrogancia de su padre, Glauco. Cierto día, Belerofonte tuvo una pelea violenta con su hermano y lo mató. Horrorizado de su crimen, juró que nunca volvería a mostrar ninguna emoción y huyó de su tierra natal.


Vagó por muchos países y finalmente arribó a la fortaleza pétrea de Tirinto, cuya reina se enamoró de él y lo invitó a que fuera su amante. Belerofonte, temiendo con prudencia las consecuencias emocionales, declinó. Pero nadie se había rehusando antes a la reina de Tirinto. Humillada y airada, se fue a ver a su esposo en secreto y acusó a Belerofonte de intento de violación. El rey era reacio de castigar a Belerofonte y arriesgarse a la venganza de las Furias por el asesinato directo de un aspirante. En consecuencia, mandó a Belerofonte  a la corte del padre de su esposa, el rey de Licia, con una carta sellada que decía: “Apresa y elimina de este mundo al portador; ha tratado de violar a mi esposa, tu hija”.


El rey de Licia, como era de esperar, mandó al joven héroe a correr una serie de aventuras mortales. La primera de ellas consistió en que Belerofonte tenía que matar a la Quimera, un mostro que desprendía fuego por la boca y vivía en una montaña cercana, aterrorizando a la gente y quemando la tierra. Belerofonte era lo suficientemente inteligente como para saber que necesitaba ayuda urgente. Consultó a un vidente, quien dio al héroe un arco, un carcaj con flechas y una lanza que en extremo llevaba un gran bloque de plomo en  lugar de una punta. Después recibió instrucciones para que fuera a la fuente mágica en la que encontraría bebiendo a Pegaso, el caballo alado. Belerofonte debía domar el caballo, embridarlo y volar sobre su grupa para luchar con la Quimera.


Belerofonte cumplió con todo debidamente, matando al dragón que echaba fuego. Para lograrlo le introdujo por la garganta la lanza con la punta de plomo de modo que el plomo se fundió, le fue bajando a los pulmones y se asfixió. Tras regresar a Licia, derrotó a los enemigos que el rey mandó hacia él, arrojándoles una lluvia de piedras desde el cielo. Finalmente, el rey reconoció que Belerofonte era un campeón y le concedió la mano de su hija y la mitad de su reino.


Hasta el momento, Belerofonte había utilizado su inteligencia heredada, mientras mantenía bajo control su arrogancia e impetuosidad. Pero finalmente, cuando descubrió que había sido la reina de Tirinto la responsable de todas sus dificultades, su cólera pudo más que él y voló sobre su caballo alado, Pegaso, hasta Tirinto; se llevó consigo a la reina a miles de metros de altura y la dejó caer para que muriera. Después, ofuscado por el acaloramiento y la emoción de volar como el viento – ya que, después de todo, su bisabuelo Eolo era el señor de los vientos-, decidió elevarse todavía más y visitar a los mismos dioses. Pero los mortales no pueden entrar en el Olimpo a menos que un dios los invite. Zeus envió a una mosca para que picara a Pegaso; el caballo alado se encabrito y Belerofonte cayó y se mató.


COMENTARIO: Siempre se ha prestado a debate el tema de si la inteligencia es algo que se hereda. Se han ofrecido toda clase de razones, desde el medio ambiente a la educación, pasando por poner el énfasis en lo cultural, para explicar porqué la inteligencia parece transmitirse en la familia. Sin embargo, ya sea que la inteligencia se herede o no, la madurez y la moralidad que nos capacita para utilizarla prudentemente no son genéticas, y siguen estando en manos de cada persona, así como en la de los padres que  enseñan a sus hijos a valorar todo lo que nos ayuda en la vida.


Los griegos creían en la herencia de los dones; asumían que si un dios o un semidiós, tal como Eolo, respaldaba a un linaje humano, los descendientes heredaban alguno de sus atributos, quizá diluidos a lo largo de las sucesivas generaciones pero no obstante presentes en cada miembro familiar. La inteligencia, según el mito griego, no es un talento menor que la música, el poderío marcial o el don de la profecía. Y si los mortales que heredan esos talentos son suficientemente tontos como para olvidar sus limitaciones morales y ofenden a los dioses, entonces solamente ellos, y no los dioses, son los responsables de tener un mal fin.


Eolo, parte dios y parte espíritu del viento, es piadoso, y se le venera por eso. Pero su hijo Sísifo no tiene ni conciencia ni humildad, y es sometido a un castigo terrible. ¿Cómo podemos dar a nuestros hijos un marco de valores dentro del cual ellos pueden desarrollar su talento sin sucumbir a la arrogancia y a las ilusiones de la grandeza? Un marco demasiado rígido ahoga el talento; la ausencia de un marco conduce a un subdesarrollo del potencial o a abusar de los dones innatos. Un aspecto significativo de la historia de los descendientes de Eolo es que los respectivos padres no están presentes para ayudar a proporcionar ese marco a sus hijos. El don se hereda, pero no existe el receptor amoroso y capaz de brindar apoyo, en el que el don crezca junto con un reconocimiento de las limitaciones humanas. Eolo está demasiado ocupado engañando a los viajeros como para molestarse con  Glauco; Glauco está demasiado preocupado con las carreras de carros  como para molestarse con Belerofonte; y finalmente éste, el más atractivo de esta saga y el más parecido a Eolo, es en definitiva incapaz de controlarse a sí mismo, porque nadie le ha enseñado a hacerlo. Asesina a su hermano en un acto de ira, y solo así reconoce su gran debilidad. Pero entonces ya es adulto, y el control se le hace difícil. Sabe lo que tiene que hacer. Pero a la hora de la verdad, es capaz de resistir las artimañas de una mujer, pero no la vacuidad de su propio engrandecimiento.


Esta historia de una línea familiar inteligente pero arrogante nos dice muchas cosas sobre la elección y la responsabilidad. Los héroes del mito, tanto hombres como mujeres, son símbolos de las cualidades especiales existentes en cada uno de nosotros, que nos dan un sentido de significado y de destino personal. Debido a que cada uno posee algún don que lo hace único, todos somos “descendientes de los dioses”, en el sentido de los griegos. Y todos tenemos la capacidad de utilizar nuestros dones para bien o para mal. Puede que nuestro talento sea producto de un medio ambiente favorable; o puede que sea heredado junto con el color de los ojos o del cabello. O puede que ambas cosas sean verdad. Esta historia nos enseña que la inteligencia sin respeto por el valor de los demás puede ser un don de doble filo con posibilidad de que finalmente se vuelva contra el que lo posee. ¿Dónde aprendemos lo que los griegos entendían con respeto por los dioses? Esto no requiere ningún marco religioso específico, aunque toda gran religión ofrece un código de comportamiento, en concordancia con la “voluntad de Dios”. Pero la piedad, en el sentido griego, requiere un reconocimiento de la unidad de la vida y del valor de las cosas vivientes. Los dioses son, después de todo, símbolos de las muchas facetas de la vida misma. Podemos aprender de Belerofonte que, por más capaces que seamos, no podemos aspirar al Olimpo. Solo podemos ser humanos, y debemos usar nuestros dones con humildad.


Autor: Liz Greene y Juliet Sharman
Libro: El Viaje Mítico
Editorial: Edaf

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Actualización: Febrero 2, 2015 © Derechos Reservados Diseñado por Violeta Varela V