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LA INCERTIDUMBRE EN EL AMOR NO CORRESPONDIDO

El que ama también duda. Los enamorados se cuestionan sus sentimientos, el sentimiento del otro, la solidez de su amor, su sentido, las posibles amenazas, el futuro. Estas dudas pueden protagonizar con insistencia las horas y los días, el sueño y el trabajo.


El amor es cierto por naturaleza. Sin embargo, aunque el hecho de que incertidumbre y amor viajen juntos tiende su lado malo, también tiene su lado positivo, porque esa unión implica emoción, interés y vida; donde hay incertidumbre, no hay indiferencia.


Todas las etapas del procesos amoroso pagan un tributo de incertidumbre: en el inicio, cuando el amor surge espontáneamente en una persona pero tal vez no en la otra; mas tarde, cuando el amor es compartido pero quizá no de la misma forma, o mucho después, cuando la historia ya está construida, pero el compromiso mutuo no constituye un escudo contra la inquietud. En definitiva, casi es más fácil preguntarse en qué momentos del proceso amoroso no existen dudas.


Una de las preguntas que asaltan al enamorado, quizá la cuestión por excelencia, la más simple y genuina, es ésta: ¿me quiere o no me quiere?

LA PRIMERA INCERTIDUMBRE
Podría decirse que descubrir el amor, es en realidad, descubrir la vida.
El amor nace solitario y asimétrico. Un día una persona siente que está experimentando algo nuevo. Si es la primera vez que se enamora, probablemente guarde esta emoción en su interior, explorando sorprendido y entusiasmado su revolucionario efecto. Pero el amor siempre tiene algo de nuevo, por lo que la sorpresa también estará presente, aunque en menor medida, en los sucesivos amores y en el corazón de los enamorados de todas las edades.


En cuanto uno entiende más o menos lo que sucede, entonces se lo comunicara así mismo con júbilo o desconcierto, quizá con culpa; pero cualquiera que sea su sensación, la individualidad ya no vale y enseguida irrumpirá en su pensamiento una nueva duda que desplazara a las anteriores: ¿me querrá?


Lo que suceda a continuación va a ser definitivo para la felicidad de la persona amada. Ahora se trata de saber cuanto antes si nos ha tocado la lotería sentimental o no. Los extravertidos suelen desplegar recursos efectivos para desplegar sus dudas. A través de planteamientos indirectos, de exploración de indicios o con un abordaje directo, probablemente conocen pronto si son correspondidos. Los tímidos o introvertidos tardan más; y los que tienen serias dificultades para relacionarse (por ejemplo: los fóbicos sociales) puede que no descubran nunca el sentimiento de la persona que aman, porque serán incapaces de hacer llegar a ella ninguna expresión de su amor y, mucho menos, de invadir su frontera sentimental preguntado directamente.


El sufrimiento amoroso de estos últimos es intenso, porque a la incógnita sobre si son correspondidos se añaden otras como: ¿me querrán alguna vez? ¿Sabré querer?... Estas cuestiones calan hondo y crean una incertidumbre que permanece mas allá de ese primer sentimiento amoroso. Si la autoestima de la persona se construye a través de múltiples factores, no hay duda de que entre ellos resultan definitivos los primeros éxitos y fracasos afectivos, así como el modo de asumirlos. Algo fundamental para afrontar la vida – quererse a sí mismo, aceptarse y pensar que uno merece la pena, lo que se conoce como autoestima- va a tener que ver mucho con el amor correspondido. Por eso el amor, además de un sentimiento, es un salvoconducto para la vida.

LA INCERTIDUMBRE CON FUNDAMENTO
Para los que ya saben que son queridos no va a desaparecer la incertidumbre definitivamente. Ojalá. En el proceso amoroso hay épocas tranquilas, a veces muy largas, durante las que la persona no necesita cuestionarse su relación. También hay individuos que no desean plantearse el sentido de su vínculo y el grado de amor que recibe o dan.

Sin embargo, lo normal es que de vez en cuando uno se pregunte si este sentimiento que le une a otro es amor o si es el tipo de amor que desea. En general, resulta más común cuestionarse el amor de otro hacia uno y menos el que uno debe al otro; es decir, mirar más el derecho que el deber. Sin embargo, a veces las personas se plantean ambas cosas: ¿nos estamos queriendo?, ¿se está debilitando nuestro amor? La verdad es que el amor se debilita y fortalece alternativamente, dentro de unos límites. Eso es lo normal y no hay que asustarse siempre que la línea no sea solo descendente.

OTRAS INCERTIDUMBRES
Alguien ha dicho que “desde el momento en que no te está permitiendo querer a una mujer, la amas”. La verdad es que esta es una afirmación más literaria que real. Un adulto no desea algo por el mero hecho de estarle vetado, aunque el veto refuerza su deseo. Sin embargo, con veto o sin él, es cierto que uno a veces se enamora de quien no debe, mejor aun de quien, según sus propios esquemas, no debe. En general esa sensación trae consigo angustia e incertidumbre. Un día uno mira con ojos nuevos a quien veía con frecuencia y se enamora, por ejemplo, del novio de una amiga, de la profesora casada o de alguien mucho mayor o más joven. Hay muchas barreras en el amor: unas sociales, otras morales, otras psicológicas. La historia ha ido derribando alguna, pero en ciertos ámbitos aun permanecen otras. Las diferencias de edad, cultura y nivel socioeconómico son las más comunes; junto a ellas, las diferencias étnicas, de religión y a veces de nacionalidad. Hay auténticos tabúes, como enamorarse de un sacerdote o de una persona casada (aunque al final los curas cuelgan los hábitos y los casados se divorcian). Y tampoco la sociedad acepta con demasiada tolerancia el enamorarse de una persona del mismo sexo.


¿Qué sucede cuando uno se enamora de quien no desea? ¿Cuánto de malo hay en ciertos amores? ¿Se puede controlar el amor? Hay que señalar que algunos grandes amores han comenzado como relaciones prohibidas y no ha pasado nada. Muchos otros han encontrado su gran amor al segundo o al tercer intento. El amor no se puede controlar totalmente y tampoco se consigue o se rechaza cuando uno quiere. Por tanto, es posible que uno se enamore aunque no lo desee, o que no se enamore aunque lo desee.

La película Los Puentes de Madison cuanta la historia de un ama de casa y esposa fiel en cuya vida interrumpe un hombre maravilloso, un fotógrafo aventurero del que se enamora. Los guionistas narran magistralmente toda la turbulencia emocional que sacude a esta mujer, mientras que apenas nada sucede en la historia de los personajes que la rodean y la vida sigue su curso.


El marido, ignorante de los sentimientos de su mujer hacia el otro hombre, la trata con el cariño desgastado e incluso con el que quieren muchas parejas que sobreviven, probablemente, con el único que sabe, con ese amor que nunca se revisa. Los espectadores, y sobre todo las espectadoras, entienden muy bien lo que le pasa a esa mujer. El esposo es la costumbre, el padre de los hijos, la compañía, la historia común, el afecto. El fotógrafo significa la pasión que no tenía, que ahora siente locamente y que desearía conservar con todas las fuerzas.


En la última secuencia la protagonista acompaña a su marido en la furgoneta familiar, mientras el fotógrafo circula en su coche lentamente delante, esperándola para marchar juntos, tal como le había propuesto.

Ella debe decidir entre quedarse o romper. Un primer plano de su mano en la puerta del coche simboliza la lucha interior entre lo seguro y carente de pasión, o lo atrayente y desconocido, entre la fidelidad y la pasión. La historia, entonces nos invita a tomar partido. Probablemente, algunos lo tienen claro; otros quizá piensan que este, como en tantos otros dilemas morales de la vida, las dos posibilidades son malas. La lluvia insistente de la película traspasa la pantalla y contribuye a subrayar la incertidumbre que queda en el pensamiento de los espectadores.

Dicen los expertos que cualquier momento es apto para enamorarse, excepto dos: una depresión o el propio enamoramiento. Si una persona sufre una depresión es improbable que abra las puertas de su corazón a casi nada y tampoco al amor; y si uno esta perdidamente enamorado es casi imposible que se enamore al mismo tiempo de otra persona. Cuando alguien afirma que ama, a dos personas a la vez, seguramente las quiere a ambas, pero de una de las dos no estará enamorado.


Pasajeros en tránsito podría ser el titulo de esta otra historia protagonizada por una economista española, casada y con tres hijos, en un viaje de trabajo a Múnich. Han pasado cinco años y ella ha olvidado por completo que es lo que fue a hacer a Múnich. En cambio recuerda con precisión detalles de una historia accidental que se desencadeno por un encuentro casual.


El vuelo Múnich-Madrid hacía escala en Milán; debido a una intensa tormenta, el avión de regreso salió con retraso. Lo previsto era llegar a casa esa noche, pero cuando aterrizó en Milán el avión de Madrid ya había despegado. Un fastidio. La compañía aérea le pidió disculpas y le proporciono un hotel hasta la mañana siguiente. La ejecutiva algo molesta, no tuvo más remedio que aceptar la situación y se dirigió con su equipaje a la puerta donde la esperaba el transporte.


Cuando iba a subir, cansada, un poco despeinada “y encima cargando con esa maleta”, alguien caballerosamente cogió su equipaje y la invito a entrar al coche. Era un hombre joven, rubio, atractivo, un alemán de Múnich, pasajero en tránsito con ella, que por la misma razón había perdido su avión a París. Pasaría la noche en el mismo hotel. Él tendría unos treinta años, ella cuarenta y siete. Él era guapo, ella ni siquiera estaba bien arreglada. Ambos comentaron el contratiempo, las molestias, los retrasos en los planes de trabajo…. y él propuso compartir la cena a la que les invitaba la compañía y dar después una vuelta por la ciudad.


Pasaron tres horas, quizá cuatro, paseando y charlando de muchas cosas. La economista miraba sus ojos, su pelo, su juventud; lo hacía abiertamente, como se mira una escultura en un museo. La conversación era cálida y afectuosa, y en un momento se atrevió a tomarle el brazo.

Así siguieron paseando, mientras que los camiones de limpieza regaban la plaza de la catedral. Se despidieron con un beso que él inició. Al llegar a su habitación, ella supo que él la llamaría desde la suya. Así fue. La incertidumbre  de la mujer había desaparecido en su pensamiento antes incluso de producirse la llamada. ¿Qué hacer? ¿Por qué no aceptar el encuentro? ¿A quién perjudicaría? No está claro lo que pasa por la mente en esos momentos; quizá miedo, o necesidad de enfrentar un enamoramiento, posiblemente fidelidad a una familia o simplemente represión sexual. La cuestión es que no contestó el teléfono. Hoy cuando recuerda esta historia, piensa que al final de la vida las personas no nos arrepentimos tanto de lo que hemos hecho como de aquello que hemos dejado de hacer.

 

                                                                       Autor: Pilar Varela

 

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