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Los celos y la envidia:

Venenos que sanan

Aunque el cuidado del alma nada tiene que ver con cambiar, arreglar, adaptar y mejorar, todavía tenemos que encontrar una manera de convivir con los sentimientos que nos perturban, como los celos y la envidia. Estas emociones pueden ser tan desagradables y corrosivas que no queremos dejarlas intactas ni seguir atascados en ellas durante años, sin llegar a ninguna parte. Pero, ¿Qué podemos hacer, como no sea tratar de liberarnos de ellas? Es posible encontrar una clave en el disgusto que nos provocan: cualquier cosa tan difícil de aceptar debe tener en sí alguna clase de sombra muy especial, un germen de creatividad envuelto en un velo de repulsión. Como tantas veces hemos visto, en asuntos del alma lo que parece más digno resulta ser lo más creativo. La piedra que rechazan los constructores se convierte en la piedra angular.


Tanto la envidia como los celos son experiencias corrientes. Son sentimientos totalmente diferentes (uno es el deseo de lo que tiene otra persona; el otro, el miedo de que otra persona se adueñe de lo que tenemos), pero ambos tienen un efecto corrosivo en el corazón.

Cualquiera de las dos emociones puede hacer que nos sintamos indignos. En ninguna de las dos hay nada noble. Al mismo tiempo, podemos estar extrañamente apegados a ellas. El celoso obtiene algún placer de sus sospechas, y el envidioso se alimenta de su deseo de poseer lo que tienen los demás.


La mitología sugiere que tanto la envidia como los celos echan profundas raíces en el alma. Hasta los dioses se ponen celosos. El Hipólito de Eurípides, por ejemplo, se basa en el mito de un joven que se dedica exclusivamente a Ártemis [Artemisa], la diosa de la pureza.

Afrodita está amargamente resentida por su obstinación y su desdén hacia la parte de la vida que ella rige, principalmente el amor y el sexo. Furiosa y presa de los celos, hace que la madrastra de Hipólito, Fedra, se enamore de él. Naturalmente, esto provoca toda clase de complicaciones y crímenes; al final, Hipólito muere pisoteado por sus caballos, aterrorizados por una gigantesca ola en forma de toro creada en el mar por Afrodita. En este final hay cierta justicia poética, ya que Hipólito se había dedicado más a sus caballos, animales que reflejan su energía y su espíritu nervioso, que a las personas, especialmente a las mujeres.


En la tragedia griega, los dioses y las diosas se dirigen directamente a nosotros. Al comienzo de esta obra de Eurípides, Afrodita confiesa “yo creo problemas a quienes no me hacen caso o me desprecian por un obstinado orgullo”. Aquí encontramos una observación freudiana proveniente del siglo v a. de C.: si reprimes la sexualidad, te meterás en problemas. De boca de la diosa aprendemos que lo más profundo de nuestra sexualidad puede verse perturbado cuando, consciente e intencionalmente, no le damos la respuesta que exige. (También Ártemis tiene sus propios sentimientos de celos. Al final de la obra lo declara, haciendo referencia a Afrodita: “escogeré a algún gran favorito de ella y lo abatiré con la fuerza de mi arco”.)


Hipólito presenta el formato típico de los celos: un triangulo, formado en este caso por las diosas y un mortal. Esto sugiere que aunque el foco de este sentimiento es la vida normal y corriente, tampoco los grandes temas típicos están libres de él. Tendemos a pensar que los celos son una emoción que podemos controlar con el entendimiento y la voluntad, pero a pesar de nuestros esfuerzos, el alma humana demuestra ser un campo de batalla en el que se libran grandes pugnas, cuya profundidad va mucho más allá del alcance del entendimiento racional. Los celos se sienten como algo tan abrumador porque son mucho más que un fenómeno superficial. Cada vez que aparecen, en lo profundo del alma se agitan problemas y valores, y lo único que podemos hacer es procurar no identificarnos con las emociones y dejar, simplemente, que la pugna se resuelva sola.

Los celos


Si las artes sagradas de la tragedia y la mitología nos dicen que los dioses son celosos, entonces podemos imaginar que hay una necesidad de que esta emoción encaje en el sistema divino de las cosas. Los celos no son simplemente inseguridad o inestabilidad emocional. Si los dioses son celosos, entonces nuestra experiencia de los celos es arquetípica y no queda completamente explicada por la relación, la personalidad o los antecedentes familiares. La tensión que sentimos en los celos puede ser la de una colisión entre mundos mucho más amplios de lo que es posible ver si nos fijamos solamente en nuestra situación personal. Un primer paso para encontrar el alma en los celos es pensar mitológicamente, considerando que contexto amplio puede haber para la intensidad de la emociones y la profundidad de la reestructuración que sentimos en momentos como ésos.


La historia de Hipólito nos da una pista sobre el propósito de los celos. Tenemos aquí a un hombre que, rutinariamente y a conciencia, descuidaba a una diosa cuya tarea es fomentar una dimensión sumamente importante de la vida humana: el amor, el sexo, la belleza y el cuerpo. Está muy bien, declara la diosa, ser devoto de la pureza y la autosuficiencia de Ártemis, pero también el otro deseo es válido e importante. La cólera celosa de Afrodita y la perdición del joven surgen porque él desdeña la necesidad de ella. Su concentración monoteísta es un único misterio divino—el de la pureza moral y la exclusividad—es un insulto para el otro. El pecado de Hipólito es negar las exigencias politeístas del alma.


Pensando mitológicamente, podríamos imaginar que nuestro propio dolor, nuestras sospechas paranoides y nuestros ataques de celos son la queja de un dios que no está recibiendo suficiente atención. Podemos estar como Hipólito, sinceramente dedicados a principios que consideramos absolutos, mientras—sin que nosotros lo sepamos—en nuestro camino se están cruzando también otras exigencias deferentes y aparentemente incompatibles. En la altanera pureza de Hipólito y en su odio feroz por las mujeres se puede ver una negativa de abrirse a un mundo distinto de aquel que ha llegado a amar y admirar. Al final lo que destruye son los animales que representan su espíritu de autosuficiencia; lo mata la misma elevación mental de su monoteísmo.

Hipólito es demasiado puro, demasiado simple, y se resiste demasiado a las tenciones provenientes de las complejas exigencias que la vida impone al corazón.


Cuando se agitan los celos, es frecuente ver que una persona complicada y sutil se revela, además, como purista y moralista. Los celos demandan el reconocimiento de una nueva exigencia impuesta al alma, mientras el individuo, para defenderse, se ha refugiado en el moralismo. Así y todo, tenemos que tener presente que los celos son una tensión arquetípica, una colisión entre dos necesidades válidas: en el caso de Hipólito, la necesidad de pureza y la de entremezclarse, Ártemis y Afrodita. No es que debamos ponernos en contra de Ártemis en nuestros esfuerzos de liberarnos de los celos o por burlarlos. La idea es, más bien, crear el espacio suficiente y reunir la fuerza de contención necesaria para dejar que estas dos divinidades lleguen a un acuerdo que les permita coexistir. Ese es el sentido del politeísmo, y una de las principales maneras de andar por el mundo cuidando el alma.


“Hipólito” significa “caballo desatado”. Una persona prisionera de este mito es aquella cuyos caballos—animales del espíritu—no están contenidos. Han saltado las vallas del corral. Son bellos, pero peligrosos. Sin embargo, a veces se ve este mismo espíritu de Hipólito en personas, no siempre verdaderamente jóvenes, que son fervientes devotas de un culto o de una causa. Sus motivos, y los objetos de su devoción, son nobles e inmaculados, y su compromiso puede inspirarles autentica fuerza. Pero es probable que su unidireccionalidad mental esté revelando algo más oscuro: una ceguera para otros valores, e incluso, en ocasiones, un elemento de sadismo y una exhibición de fuerza que justifican con demasiada facilidad.


Pero los celos, como todas las emociones teñidas por la sombra, pueden ser una bendición disfrazada, un veneno que sana. La obra de Eurípides se puede ver como una historia sobre la curación del orgullo de Ártemis. Hipólito, rígido y cerrado, queda desmembrado; es decir que su neurosis espiritual sana al ser desenmarañada. El final parece trágico, pero la tragedia, incluso en la vida cotidiana, puede ser una forma válida de reestructuración. Es dolorosa y en algunos sentidos destructiva, pero también coloca las cosas en un orden nuevo. La única manera de “salir de” los celos es “pasar a través” de ellos. Quizá tengamos que dejar que se salgan con la suya con nosotros y hagan su trabajo de reorientación de los valores fundamentales. El dolor que causa proviene, en parte al menos, de enfrentarnos con un territorio inexplorado y de despojarnos de viejas verdades familiares para ponernos ante nuevas posibilidades, tan desconocidas como amenazadoras.


Trabajé una vez con un joven que se parecía mucho a Hipólito, salvo que en vez de andar a caballo, él montaba en bicicleta. Trabajaba en un restaurante de comida rápida, y estaba enamorado de una de sus compañeras de trabajo. Se consumía por ella, y aunque salían juntos, con frecuencia se sentía mortificado. Cuando hablaba de ella empezaba con un lenguaje de amor, e incluso de adoración, pero no tardaba en pasar a la crítica. Se quejaba de la frialdad de su amada y de su preocupación por sí misma. (No es raro que el celoso se sienta tan altruista y razonable con respecto a su propia vida, tan, limpio de todo vicio egoísta, que le parezca que la persona amada sólo piensa en sí misma). Un día, este joven vino a contarme que había perdido el control.

Le había gritado desaforadamente a su novia y sentía que podría haberla golpeado si hubiera perdido un poco más los estribos.


Ambos nos quedamos preocupados por la intensidad de su rabia. Una de las razones por las que una persona que tiene de sí misma una imagen exclusiva de pureza puede caer con facilidad en la violencia es precisamente su grado de ceguera para ese potencial suyo. Sin embargo, yo  no quería ponerme en contra de su alma, que en ese momento ardía de fantasías celosas. Él fue quien se pronunció en  contra de lo que sentía y pensaba, repitiendo incesantemente: ¿cómo puedo hacer estas cosas y sentir lo que siento?.


Yo tenía la sensación de que sus protestas servían simplemente para resguardar su inocencia Insistía en que no era capaz de sentir celos, y en que nunca le había pasado nada parecido, y sin embargo sus acciones se volvían cada vez más amenazadoras. Yo quería saber más de sus celos. Cuando se dan sentimientos tan fuertes, se tiende a pensar que no son más que emoción. Entonces se pasa por alto su contenido: las ideas, los recuerdos y las fantasías que naden en el mar de la emoción. Yo quería saber, entre otras cosas, quien era precisamente, en ese joven, el que estaba celoso. Instruido por Eurípides, me preguntaba si no habría algún altar que él, como Hipólito, estaba desdeñando.


No es suficiente con personalizar los celos y hablar sólo de mi inseguridad. Reducirlos a un fallo del ego es pasar por alto su complejidad, y también evitar lo más profundo del alma, donde esta emoción se aloja. Si estuviéramos dispuestos a oír sin reservas a los celos, podríamos descubrir algo sobre su historia en nuestra vida, y quizás en nuestra familia, sobre las circunstancias que han motivado esta vez su aparición, y sobre todo el mito que en ese momento está en vigor. Como estas cosas nunca son evidentes, tendemos a concentrarnos en las emociones obvias y sus interpretaciones superficiales. Yo quería profundizar más y ver los personajes y los temas que intervienen en la sumaria afirmación “Estoy celoso”. Es como si en el cuidado del alma tuviéramos que escribir nuestra propia tragedia para saber con seguridad en que mito nos encontramos. Esta no es más que una manera de hallar la imaginación en la emoción, y al alma sólo se la puede descubrir mediante la imaginación.


--Creo que ella se está viendo con otro—me dijo al día siguiente de haberle gritado.
--¿Qué se lo hace suponer?—le pregunté.
--Cuando la llamé no estaba en casa, y me había dicho que estaría.
--¿Y la llamaba para verificarlo?
--Sí, no puedo evitarlo—respondió, y los ojos se le llenaron de lágrimas.
--¿Qué es lo que sabe usted de sí mismo y que en sus celos no admite?
--Supongo que no soy digno de confianza. Generalmente no soy muy fiel en una relación.
--¿Qué sucedería si ella lo supiera?
--Estaría en libertad de hacer lo que quisiera.
--Usted no quiere que ella sea libre.
--Por supuesto, aquí en la cabeza quiero que sea libre. Creo en la libertad y odio sofocar las relaciones. Pero visceralmente no puedo dejar que tenga ni siquiera un poco de libertad.
--Entonces, los celos lo vuelven menos tolerante.
--Sí, y no me lo puedo creer. Eso va contra todos mis valores.
--¿Y si intentara aprender algo de sus celos? Por ejemplo, que hay cierto valor en ser menos abierto. Tal vez necesite ser menos tolerante en la vida en general.
--¿Hay algún valor en no ser menos abierto, en ser intolerante?
--Yo puedo imaginármelo—le respondí— Me da la impresión de que ese niño tan activo e influyente que hay en su alma quiere una apertura y una libertad completas. Eso deja el sentido del orden y del límite en el basurero de la represión, donde se agita, se desata y se vuelve irrazonable y potencialmente violento. Usted insiste en decirme que no es una característica suya ser tan exigente. ¿No podría ser que su capacidad de plantear exigencias esté completamente aislada de usted y que por eso actúe por cuenta propia?
--Yo creo en la libertad—afirmó orgullosamente—En una relación es necesario que las personas se den mucho espacio la una a la otra.
--Quizá sea hora de volver a evaluar sus creencias. Su cólera y sus sospechas piden alguna especie de reajuste y de reflexión. Con o sin su consentimiento consciente, los celos le están limitando la vida.
--Me convierto en un policía, y eso no es propio de mí. Pero, la criminal es ella. Me siento justificado al castigarla por eso.


Los celos ponen en escena un extraño reparto de personajes: el moralista, el detective, el paranoide, el ultraconservador. En general la palabra “paranoia” se interpreta etimológicamente en el sentido de un conocimiento (noia) que está “al lado” (para): estar al lado de uno mismo, estar loco. Pero yo prefiero considerarla como un conocimiento que está fuera de uno mismo. Estas figuras del alma que pretenden saber tanto –el moralista y todos los demás—quieren descubrir lo que pasa. Suponen que está tramando algo amenazador y peligroso. Van encarnizadamente sobre la pista de los hechos, pero se comportan como si no conocieran ningún detalle. Si mi joven paciente no se hubiera identificado tan fuertemente con el niño inocente, habría sabido lo que pasaba. Su inocencia era una manipulación y una venda para los ojos. En realidad, él lo sabía, pero al identificarse con el inocente, no tenía que actuar de manera coherente con lo que sabía.


El conocimiento paranoide satisface al masoquista, que se deleita en que lo hieran. Es típico de muchas formas de masoquismo asumir el papel de niño inocente. Esto podría ser un acto apotropaico, palabra que se refiere a las formas mágicas y rituales de mantener a raya el mal. Al presentar el papel del inocente, el joven no tenía que entrar en el complicado mundo de la relación. Podía ocultar sus propios “rasgos desatados” y culpar a su novia por los suyos. Si la hubiera abordado como una persona adulta, con todas sus complicaciones, habría tenido que enfrentarse con su posible rechazo, por sus propias razones, o bien habría tenido que admitir—y afrontar—la complejidad de la naturaleza de  su novia. Así, en cambio, podía refugiarse en el lugar del niño, donde, por una extraña paradoja, su protección quedaba asegurada por el hecho de estar herido.


Los sentimientos de violencia del joven demuestran qué punto estaba escindido del poder de su conocimiento. Cegado por una nube de inocencia, parecía no conocer a su novia o no conocerse a sí mismo, o no tener idea de la complejidad de las relaciones en general. Lo único que pedía era atención y afecto, y cuando no los obtenía, se sentía controlado y se quejaba de que estaban jugando con él. Entonces, en vez de un poder más auténtico, lo que expresaba tumultuosamente era una violenta cólera.


Paradójicamente, si pudiera dejar que los celos trabajasen desde dentro a la manera de un detective, en nombre de su alma, en vez de aflorar como un complejo paranoide desenfrenado, descubriría muchas cosas sobre sí mismo y sobre el amor. Si pudiera dejar que el moralista se asentara más profundamente en su alma, podría llegar a una sensibilidad ética flexible y capaz de hacer lugar, al mismo tiempo, a la tolerancia y a la exigencia. El elemento paranoide de sus celos mantiene accesible la posibilidad de un conocimiento más profundo, pero también se disocia de la voluntad y la intencionalidad. Sigue siendo no realista y retorcido, y, sin embargo es la materia prima de la sabiduría. Este síntoma es tremendamente importante, pero necesita “educación”: que lo saquen fuera para estudiarlo. Tiene que volverse mucho más refinado y alcanzar niveles que trasciendan la violencia y la vacía desconfianza.


En el transcurso de varios meses de sesiones, las emociones primarias de los celos dieron origen a una gran cantidad de historias, recuerdos e ideas. No estábamos buscando una clave vital que explicara la situación y la hiciera desaparecer. Muy al contrario, estos relatos daban cuerpo a los celos, de modo que podían hacerse más generosamente presentes. La idea era dejar que se revelaran solos, permitirles aumentar en vez de disminuir, para que así perdieran parcialmente su compulsión. El aspecto obsesivo de los celos parece ser, en parte, una función de su carácter oculto, puesto que emergen cuando no se los revela y no se les da lugar.


Cuando los sentimientos y las imágenes de los celos se adentran en el corazón y en la mente, tiene lugar una especie de iniciación. La persona celosa descubre nuevas maneras de pensar y una apreciación diferente de las complicadas exigencias del amor. Es un bautismo de fuego en una nueva religión del alma. Su rígido moralismo se manifiesta directamente allí donde se lo puede ver tal como es, y por lo tanto se lo puede atemperar en nombre de la flexibilidad y la exploración de valores.


Mi moderno Hipólito no quería crecer y formar parte de una sociedad heterogénea. En Eurípides, el joven se pasa todo el tiempo con sus compañeros adolescentes y sus caballos. Las mujeres son una amenaza y una contaminación: la “alteridad” personificada. Mi Hombre de la Bicicleta era exquisitamente puer: de una pureza infantil en sus pensamientos, pero áspero en su comportamiento. Tenía el extraño carácter numinoso con que nos encontramos cada vez que los opuestos se aproximan el uno al otro. Era puro y brutal, elevado en sus valores y feo en su odio por la mujer. Sus valores idealistas eran inmaculados que no veía su propia sombra de altanería y misoginia. La pureza había triunfado sobre su alma, y por eso su alma estaba profundamente perturbada.

Hera: la diosa de los celos


Afrodita y Ártemis no son las únicas imágenes de los celos que nos ofrece la mitología. Todos los dioses y diosas son capaces de cóleras violentas, pero la más celosa es Hera, la esposa de Zeus, siempre pronta a estallar en un ataque de celos a causa del tenorio que tiene por marido. A lo largo de la historia se ha criticado a Zeus como un gran dios que es también un amante infiel. Pero la mitología, aunque esté formulada en imágenes tomadas de la vida mortal, no es un retrato fiel de las cualidades y flaquezas humanas. Siempre tenemos que mirar en profundidad un mito para discernir su necesidad y su misterio. Si lo vemos con ojo poético, nos daremos cuenta de que es coherente que el gobernador del universo quiera tener vinculaciones eróticas con todo lo que hay en el  mundo.


Pero, ¿qué significaría ser la esposa de ese deseo desencadenado? En términos humanos, sería como ser la mujer de un artista locamente inspirado o de un político agraciado con un carisma capaz de llevarlo a la posición de líder mundial. ¿Cómo se puede ser la esposa de un deseo de proporciones cósmicas sin sentirse siempre amenazada?


Es curioso que en la mitología griega a la mujer del más grande de los dioses se la conozca principalmente por sus celos. Hera no es la reina que se preocupa por el sufrimiento de sus súbditos. No es la belleza absoluta dotada del poder absoluto. Es una esposa inquieta, escandalosamente enfurecida, traicionada y ultrajada. La cólera de Hera es del color de sus celos en no menor medida que la lujuria es el tono con el que Zeus gobierna el mundo. Es como si los celos fueran tan importantes para el mantenimiento de la vida y de la cultura como el consejo y el poder político de Zeus. Mitológicamente, los celos están unidos con las fuerzas que gobiernan en la vida y en la cultura.


Zeus, que zanja las disputas fundamentales de la existencia y sirve como el “dios padre” originario, está ávido de todas las cosas particulares en el mundo que gobierna. Mientras que su deseo se dirige al mundo, la furia de Hera habla en nombre del hogar, la familia y el matrimonio. La tensión entre ellos es el yin y el yang del hogar y la interioridad. Si no nos pusiéramos celosos, se producirían demasiados acontecimientos, se viviría demasiada vida, se establecerían demasiadas conexiones sin llegar a profundizarlas. Los celos sirven al alma imponiéndole límites y reflexión.


Una de las piedras con que tropieza el intento de abordar una religión politeísta desde un punto de vista monoteísta es la validación—que en el politeísmo se encuentra por todas partes—de las experiencias improbables. En la religión de Hera, una de las grandes virtudes es la posesividad. Desde su punto de vista no solamente está bien, sino que es una exigencia sentirse ultrajado por la infidelidad. Mi joven paciente violentamente celoso no había descubierto todavía la virtud de la posesividad. La sentía como algo externo a sí mismo y ajeno a sus valores, y por lo tanto su posesividad era compulsiva y abrumadora,  lo tomaba por sorpresa. Su desesperado deseo de contar con la fidelidad de su novia era la compensación de  un sentimiento de unión no demasiado profundo. Él jugaba a la intimidad y a estar juntos, pero cuando realmente lo acometían tales sentimientos, los sentía ajenos. No sabía qué hacer con ellos.


En una cultura que premia la libertad y las opciones individuales, el deseo de poseer es un fragmento de la sombra, pero es también un deseo real. Los celos se dan en la auténtica conexión con otra persona. Pero esta conexión plantea graves exigencias. Nos pide que amemos el apego y la dependencia, que nos arriesguemos al insoportable dolor de la separación, y que encontremos la realización en la relación con otra persona, un atributo tradicional de Hera.


Al mismo tiempo, debemos recordar que, a pesar de su posesividad, Hera se siente atraída por el dios de la liberación erótica. Ella encarna la mitad de la dialéctica del apego y de la dispersión del deseo. Entra en juego en la tensión entre tener a otra persona y no tenerla. Vivir esa tensión es una manera de reunir diferentes aspectos de nosotros mismos, la visión que sabe que somos todo individuos, que en última instancia estamos solos en esta vida, y que dependemos totalmente los unos de los otros. Cuando alguna parte de nosotros está ávida de más experiencia, de otras personas y de empezar de nuevo, los celos recuerdan el apego y sienten el infinito dolor de la separación y el divorcio.

La esposa arquetípica


En una cultura en que las mujeres están oprimidas y todo lo femenino es infravalorado, “esposa” no es un titulo tan honorable como podría serlo. Cuando esta imagen del anima no tiene cabida en la psique de los hombres, entonces la condición de esposa se convierte en una dependencia literal, y a la mujer se le dan todas las responsabilidades del hogar y los hijos Los hombres están libres de las restricciones de la vida hogareña, pero también sufren una pérdida, porque el cuidado del hogar y de la familia devuelve al alma vastas cantidades de sentimientos y de imaginación. Típicamente, los hombres prefieren el camino emprendedor de los negocios, el comercio o su carrera. Y por supuesto, la mujer de carrera también pierde anima si se consagra al mito de la construcción de la cultura. Muchas personas, tanto hombres como mujeres, pueden mirar con desdén la imagen de la esposa y alegrarse de verse libres de su inferioridad. En este contexto, la imagen mitológica de Hera es para nosotros un recordatorio del honor debido a la esposa, puesto que su figura mítica sugiere que la “esposa” es uno de los rostros profundos del alma.


En Hera, la persona tiene más el carácter de individuo cuando se la define en relación con otra, aunque parezca que esta idea vaya en contra de todas nuestras nociones modernas del valor de la independencia e individualidad. En nuestra época se considera que no está bien encontrar la identidad en la relación con otra persona, y sin embargo, éste es el mismo de Hera. Ella es la dependencia a la que se ha conferido dignidad, e incluso divinidad. En tiempos antiguos se le rendían grandes honores y se la adoraba con profundo afecto y mucha reverencia. Cuando la gente se queja de que cada vez que tienen una relación de pareja se vuelven demasiado dependientes, podríamos ver este síntoma como una carencia de la sensibilidad de Hera, y la medicina podría ser cultivar el aprecio de una unión más profunda en el amor y el apego.


Se requiere una habilidad y una sensibilidad especiales para que un hombre o una mujer evoque a la “esposa” en su relación de pareja. Generalmente reducimos la realidad arquetípica a un papel social. Una mujer se introduce en el papel de la esposa, y el hombre la trata en consecuencia. Pero hay una vasta diferencia entre el arquetipo y el papel. Se puede introducir a Hera en la relación de tal manera que el hecho de ser atento y servicial con el otro esté vitalmente presente en ambos. O se puede evocar a Hera como la atmósfera de mutua dependencia e identidad en cuanto pareja. En el espíritu de la diosa, tanto el hombre como la mujer protegen su relación y valoran las señales de su mutua dependencia. Por Hera, llamamos por teléfono a nuestra pareja cuando estamos de viaje o fuera de la ciudad, y también por Hera la incluimos en nuestras visiones del futuro.


El sentimiento de celos puede estar relacionado con este elemento de dependencia en la pareja. Los celos forman parte del arquetipo. Hera es amorosa y celosa. Pero cuando se toma en serio el valor del verdadero compañerismo, la diosa abandona el escenario y la relación se reduce a un mero estar juntos. Entonces los individuos se dividen en el independiente que representa la libertad, y el “codependiente”, atormentado por los celos. Si en un matrimonio uno de los miembros es claramente la esposa—y no se trata siempre de la mujer—entonces no se está rindiendo homenaje a Hera. Si se enfrenta usted con los síntomas de un matrimonio con problemas, examine la situación para ver si Hera está molesta.


El matrimonio que Hera tan fervorosamente reverencia no es sólo la relación concreta entre un hombre y una mujer, sino también cualquier tipo de conexión, emocional o cósmica. Como dice Jung, el matrimonio es siempre un asunto del alma. Hera también puede proteger la unión de diferentes elementos dentro de una persona o en una sociedad.


Frecuentemente, la gente sueña con esposas y maridos. Si no nos limitamos a considerar estos sueños como algo que sólo tiene que ver con el matrimonio real y concreto, pueden llevarnos a contemplar uniones más sutiles. Por ejemplo, un hombre sueña que está en un bar con una mujer que le parece atractiva. Ella lo besa y a él le gusta, pero sigue mirando hacia atrás para ver si su esposa lo observa. En la vida real, este hombre está casado y es feliz, aunque a veces le inquieta sentirse atraído por otras mujeres. También ocasionalmente sueña con el alcohol. En general, en estos sueños se  encuentra con alguien que está bebiendo y él siente repulsión. Este hombre es muy estricto y formal, de modo que no es sorprendente ver que sus sueños se abren en direcciones diferentes. La conciencia que tiene de su “esposa”--todo aquello con lo que está casado—es fuerte y muy útil para él. Si se dejara llevar por todo lo que lo atrae, eso podría ser el fin de su matrimonio, y su vida terminaría sin duda hecha pedazos. Por otra parte, las necesidades dionisíacas y afrodíticas de su alma, expresadas en sus sueños por el alcohol y el sexo, también reclaman cierta atención. Esta es en realidad la principal tensión de su vida en este momento: una lealtad bien ejercida hacia su esposa y su sistema de valores se ve cuestionada por una invitación a experimentar y explorar en una dirección más apasionada.


Una mujer cuenta un sueño en el que su marido y sus tres hijos están merendando en la falda de una verde colina con tres pelirrojas desconocidas. En el sueño, ella sabe que las mujeres son amantes de su marido, y también dedican una cierta atención erótica a los niños. La soñante los ve desde una ventana de su casa y siente a la vez placer, al ver la felicidad de su familia, y celos de las tres mujeres.


Otra vez vemos la dialéctica que es tan típica de Hera. La soñante disfruta de su papel de esposa y madre en el sueño, pero también siente celos ante la proximidad y la nota erótica de las mujeres. La imagen de tres mujeres es común en los sueños y en el arte: las tres gracias o las tres parcas, el pasado, el presente y el futuro. Quizás alguna pasión nueva, ardiente (roja) y fatal—no necesariamente una persona—esté entrando en el alma de la soñante, dando origen a la conocida tensión entra la nueva pasión y las antiguas y amadas estructuras vitales. La soñante está en el papel de la observadora, sentada en su hogar, como Hera, vigilando a distancia esta nueva dinámica.


Nuestros amores no siempre son humanos. El poeta Wendell Berry hace una interesante confesión en uno de sus libros. Dice que a veces, cuando viaja, se enamora de un lugar y tiene intensas fantasías de ir a vivir allí, igual que una persona podría acariciar pensamientos eróticos con respecto a una nueva pareja. Pero después Berry habla desde Hera, recomendando fidelidad al hogar. No debemos dejarnos seducir por estos hechizos de afuera, aconseja. No parece que los sueños sobre este tema están tan seguros de lo que deberíamos hacer cuando nos enfrentamos con ésta tensión. Simplemente nos presentan la escena y el sentimiento de celos que mantiene la lealtad al hogar. La tensión se da entre el apego a lo que es y la promesa de una nueva pasión. Para cuidar el alma, quizá no nos quede otra opción que la de abrir el corazón lo bastante como para dar cabida a esa tensión y, de forma politeísta, prestar oídos a ambas necesidades.


Unas palabras más sobre Hera: Karl Kerényi, el historiador que fue amigo de Jung y desarrolló su propio enfoque arquetípico de la mitología, hace un comentario interesante en su libro Zeus y Hera. La diosa se realizaba, nos dice, al hacer el amor. (El término realizar es una palabra especial de Hera; otros términos griegos usados como atributos de Hera se relacionan con la palabra telos, que significa finalidad o propósito). Kerényi nos dice, pues, que en Hera es esencial encontrar su propósito y su realización en el sexo. Puede parecer obvio que la relación sexual forma parte de la condición de esposa, pero quiero insistir en la idea de que éste particular aspecto de la sexualidad, es decir, la realización de la intimidad y el compañerismo, tiene su divinidad. A Hera se le honraba como amante de Zeus. El “Himno homérico a Hera” nos dice que ella y Zeus gozaron de una luna de miel de trescientos años.

Además, Kerényi menciona que Hera renovaba su virginidad todos los años en la fuente Kanathos (una fuente real en la que se sumergía la estatua de Hera en un ritual anual), de modo que se presentaba a Zeus como una niña para ver realizada su sexualidad.


En lenguaje junguiano podríamos decir que Hera forma parte del anima del sexo. En el lecho matrimonial, lo miembros de la pareja pueden enfrentarse el uno al otro como si fuera la primera vez, disfrutando así de la posibilidad de la virginidad renovable imaginada por Hera. Si una relación reverencia a esta diosa, es bendecida por los placeres de la realización del vínculo sexual entre dos personas. El problema es que Hera sólo se la puede invocar en su naturaleza completa, que incluye sus celos y su condición de esposa, que en ocasiones puede ir acompañada por sentimientos de inferioridad y dependencia. Para encontrar alma en la relación de pareja y en la sexual, es necesario apreciar los sentimientos inferiores que forman parte del arquetipo de la “esposa”.


Se ha dicho que el dios que trae la dolencia es el que la sana. Es el “sanador que hiere” o el “heridor que sana”. Si la dolencia son los celos, entonces la sanadora podría ser Hera, que los conoce mejor que nadie. Por lo tanto estamos de vuelta en el punto de partida. Si nos queremos curar de los celos, quizás tengamos que adentrarnos homeopáticamente en ellos. Es probable que para poder rendir homenaje a Hera haya que tomarse aún más a pecho esas características que en los celos son tan acusadas: la dependencia, la identidad vivida a través de otra persona, la ansiedad por proteger la unión. Si los celos son compulsivos y abrumadores, entonces quizá Hera esté quejándose de que se la descuida y de que la relación no tenga la plenitud de alma que sólo ella puede aportarle. Lo extraño es que tal vez los mismos celos contengan las semillas de la realización tanto de la sexualidad como de la intimidad.

La envidia


La envidia, similar a los celos en la forma en que apuñala el corazón, es uno de los siete pecados capitales y, sin lugar a dudas, un importante material de la sombra. Una vez más nos planteamos una difícil pregunta: ¿Cómo cuidamos el alma cuando nos presenta la verdosa supuración de la envidia? ¿Podemos examinar este pecado como una manera imparcial y abierta? ¿Podemos percibir qué es lo que quiere el alma cuando nos desgarra con el anhelo de poseer lo que tiene la otra persona?


La envidia puede ser devorada. Puede poblar con su acritud cada pensamiento y cada emoción. Puede hacer que una persona esté como loca, obsesionada, sufriendo por no tener la vida, la posición y las posesiones de otras. “Mis vecinos son felices, tienen dinero, éxito, hijos…y yo, ¿por qué no? Mi amigo tiene un buen trabajo, es guapo, tiene suerte… ¿Qué hay de malo en mí?” En la envidia puede haber una buena dosis de autocompasión, pero lo más amargo es el ansia.


Aunque pueda parecer que está llena de egoísmo, la envidia no es fundamentalmente un problema del ego. Carcome el corazón. En todo caso, el ego es el objeto del poder corrosivo de la envidia. No, se trata de un exceso de ego; es una actividad del alma, un doloroso proceso que tiene lugar en la alquimia del alma. El problema del ego es cómo responder a la envidia, cómo reaccionar ante los repugnantes deseos que inspira. Frente a ella, nuestra tarea—que a estas alturas ya no debería sorprendernos—es descubrir lo que quiere.


Las compulsiones siempre están hechas de dos partes, y la envidia no es la excepción. Por un lado, es un deseo de algo, y por otro, una resistencia a lo que realmente quiere el corazón. En la envidia, el deseo y la autonegación colaboran para crear un sentimiento característico de frustración y obsesión. Aunque tiene un toque de masoquismo—el envidioso piensa que es víctima de la mala suerte—interviene también una fuerte testarudez, en forma de resistencia al destino y al carácter.

En las garras de la envidia, somos ciegos para nuestra propia naturaleza.


Es obvio que allí donde hay un claro masoquismo, el sadismo no anda lejos. El sádico envidioso lucha fervientemente contra lo que le ofrece el destino. Se siente despojado y estafado. Como está tan desconectado del valor potencial de su propio destino, tiene la rebuscada fantasía de que los demás cuentan con la bendición de la buena suerte.


Lo importante para cuidar del alma envidiosa no es liberarse de la envidia, sino dejarse guiar por ella para volver al propio destino. El dolor de la envidia es como un dolor en el cuerpo: hace que nos detengamos para fijarnos en algo que funciona mal y necesita atención. Lo que funciona mal es nuestra visión de primer plano, que se ha vuelto borrosa. La envidia es una hipermetropía del alma, una incapacidad de ver lo que tenemos más cerca. No llegamos a ver la necesidad y el valor de nuestra propia vida.


Conocí una vez a una mujer que sufrió durante años una aguda, refinada e implacable envidia. Durante todo el día hacía su trabajo en la fábrica, empeñada en mejorar su vida, y por la noche se ocultaba en su casa. Le resultaba insoportable ver la plenitud de la vida que llevaba otra gente a su alrededor. Se sentía inconsolablemente solitaria y del todo desdichada. Una y otra vez, describía detalladamente la felicidad de sus amigos. Se conocía todo lo bueno que les sucedía. Cada vez que se enteraba de algún nuevo éxito o golpe de suerte de alguien, lo sentía como un golpe, como un clavo más remachado en el cofre de pensamientos envidiosos que llevaba consigo continuamente. Sus amigos y amigas tenían dinero, una buena familia, un trabajo satisfactorio, compañerismo, una estupenda vida sexual. Al escucharla se tenía la impresión de que todo el mundo era bienaventuradamente feliz, y ella la única que soportaba la carga de la soledad y la pobreza.


El lado oculto del masoquismo es la tiranía deliberada. La desdicha de aquella mujer disimulaba su rigidez. A esos mismos amigos a quienes envidiaba, los juzgaba sin misericordia alguna. En su propia familia, revoloteaba alrededor de sus hijos, que ya habían pasado de los treinta, e intentaba controlar todos sus movimientos. Parecía que consagrara desinteresadamente su vida al bienestar de sus hijos privándose ella de todo, pero además se complacía en hacerse cargo de las vidas ajenas. Su envidia reflejaba su preocupación por la vida de los demás y la forma en que descuidaba la suya.


Cuando vino a verme para que la ayudara, pensé que podría invitar a su envidia para oír qué era lo que tenía que decir. La paciente, por supuesto, afirmaba que deseaba que yo le encontrara una hábil manera de salir de todo aquello. Pero la envidia es como los celos; el envidioso siente por ella un verdadero apego, y le gustaría que todos los demás se vieran arrastrados hacia ella. Una persona que habla de su envidia es como un misionero que trata de ganar conversos para su religión. El mensaje oculto en el relato de la envidia es: “¿No estás tan escandalizado como yo?” Pero yo no quería dejarme atrapar por esa dimensión del mensaje, sino saber que estaba haciendo allí la envidia, y con que intenciones.


Era verdad que esa mujer se había criado en una familia que no tenía mucho dinero ni medios suficientes para ellos y sus hijos. Además, su estricta educación religiosa le había dejado muchas inhibiciones referentes a la sexualidad y al dinero, y una serie de ideas fijas sobre la obligación de sacrificarse por los demás. Había pasado por dos matrimonios y los consiguientes divorcios, difíciles y dolorosos. Pero estos hechos no bastaban para explicar su abrumadora envidia. Por el contrario, al recitar su lista de desdichas cada vez que podía, la mujer racionalizaba su estado. Aquellos convincentes argumentos formaban parte de su complejo; le servían para mantener la envidia bien aceitada y en perfecto funcionamiento.


Irónicamente, las coléricas explicaciones que se daba por su mala suerte no le permitían sentir el dolor de su pasado. A menudo, los síntomas son evidentemente dolorosos, pero es probable que al mismo tiempo estén protegiendo de un dolor más profundo, asociado con la necesidad de conocer y afrontar las realidades fundamentales del destino. Era como si su envidia absorbiera dentro de sí misma todo aquel dolor y le proporcionara una extraña manera de no reconocer su pasado.


Empezamos nuestro trabajo pasando revista lentamente a sus muchísimas historias de privación. Yo estaba atento a las maneras que tenía de distanciarse sutilmente del sufrimiento y no tomar conciencia de él. Por ejemplo, buscaba excusas para su familia: “Lo hicieron lo mejor que sabían. Tenían buenas intenciones”. Procuré ir más allá de estas racionalizaciones de modo que ambos pudiéramos sentir la tristeza y el vacío que habían acompañado su pasado, y reconocer además las limitaciones y los fallos de sus padres.


En presencia del sufrimiento que genera la envidia, es fácil caer en la tentación de dar ánimos: “Usted es capaz de hacerlo. Puede tener cualquier cosa que se proponga. Es tan inteligente como cualquier otra persona”.


Pero esta manera de abordar el problema cae directamente en la trampa que tiene la envidia: “Yo intentaré encarrilar mi vida, pero sé que el proyecto está condenado al fracaso desde el principio”. El verdadero problema no reside en la capacidad del individuo para llevar una buena vida, sino en su capacidad para no llevarla. Si evitamos la maniobra compensatoria que representa caer en el pensamiento positivo y de apoyo, podemos aprender en cambio a honrar el síntoma y dejar que sea éste el que nos guíe hacia la mejor forma de cuidar el alma. Si en la envidia la persona lamenta que su vida no sea mejor, entonces tal vez sea buena idea sentir profundamente ese vacío. Los deseos pueden ser triviales instrumentos de represión, que llaman la atención sobre posibilidades superficiales y nada realistas como defensa contra el vacío, que es tan doloroso. Estaba bastante claro que lo que le faltaba a esta mujer era la capacidad de sentir su propio sentimiento de desolación y vacío.


Una vez que empezó a hablar con mayor sinceridad de su vida hogareña y con más realismo de sus amigos, que tenían tanta mala suerte como puede tener cualquiera, el tono quejumbroso de la envidia en su voz cedió el paso a algo más sólido y sobrio. Entonces esta mujer pudo asumir mejor la responsabilidad de su situación, hasta que con el tiempo llegó a mejorarla.


Tanto en los celos como en la envidia, las fantasías son poderosa y totalmente cautivadoras, y sin embargo, flotan en una atmósfera en cierto modo apartada de la vida real. Son ilusiones, imágenes a las que se mantiene a raya para que no puedan afectar directamente a la vida. Pero entretenerse en una vida imaginaria es una manera de esquivar el alma, que está siempre de alguna manera, ligada con la vida. Como síntomas, los celos y la envidia mantienen la vida a una distancia segura; como invitaciones para el alma, ofrecen maneras de adentrarse en el propio corazón allí donde es posible recuperar el amor y el apego.


El hecho de que tanto los celos como la envidia se resistan a la razón y a los esfuerzos humanos por arrancarlos de raíz es una bendición. Así nos piden que nos hundamos más profundamente en el alma, más allá de las ideas de salud y felicidad, en el seno del misterio. Son los dioses quienes se ponen celosos y envidiosos, y sólo si llega a tocar ese lugar profundo de la actividad divina puede el individuo hallar una respuesta que lo transforme, que lo lleve a un lugar desconocido donde se agita el impulso mítico. En última instancia, estas inquietantes emociones nos abren un camino hacia una vida vivida con más profundidad, madurez y flexibilidad.


Nuestra tarea es cuidar del alma, pero también es verdad que el alma cuida de nosotros. De manera que la expresión “cuidado del alma” se puede entender en dos sentidos.  En uno de ellos, hacemos todo lo que podemos por reconocer y honrar lo que el alma nos presenta; en el otro, el alma es la que nos cuida. Incluso en su patología, y quizás especialmente en ella, el alma cuida de nosotros ofreciéndonos un camino de salida que nos aparte de un estrecho secularismo. Su sufrimiento sólo puede ser aliviado por el restablecimiento de una sensibilidad mítica particular. Por lo tanto, su sufrimiento inicia un avance hacía un aumento de la espiritualidad. Irónicamente, la patología puede ser un camino hacia una religión plena de alma.


Autor: Thomas Moore

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