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PAN, DIOS-CABRA


PRIMERA PARTE


La tesis de Roscher, brevemente expresada, es que el demonio de la pesadilla en la Antigüedad no era otro que el gran dios Pan en alguna de sus múltiples formas, y que la antigua experiencia del demonio de la pesadilla era semejante a la que recogían la psiquiatría y la psicología modernas.


Nosotros podríamos ir más lejos y concluir que Pan sigue vivo todavía. Nuestra experiencia de Pan se manifiesta sobre todo en las alteraciones psicopatológicas, ya que sus otras expresiones se han perdido en nuestra cultura.


De modo que podemos esperar encontrarnos a Pan en la consulta del psicoterapeuta, donde en realidad no faltan pruebas de su presencia. Esta conclusión concuerda con la tesis que he venido elaborando en varios de mis trabajos: los dioses reprimidos regresan como núcleo arquetípico de los complejos sintomáticos. Las relaciones entre mythos y pathos forman parte de la tarea más amplia de explorar la psicopatología en términos de psicología arquetipal. Esta psicología implica, entre otras cosas, que el estudio de la mitología sea indispensable para la formación de los psicoterapeutas. La monografía de Roscher, que pone en relación la mitología y la patología ya desde el propio título, resulta entonces un texto básico para la psicoterapia.


Dado que la naturaleza de Pan es de sátiro, cabra y falo a la vez, tanto la angustia y el pánico de la pesadilla como sus aspectos eróticos pueden ser abarcados por una sola figura. En el tratamiento que Roscher ofrece de esta figura, Pan no es una imagen proyectada, un tipo de complejo psicopatológico creado por la fantasía para expresar angustia sexual. La suya es una realidad mítica. Aunque en ocasiones Roscher se ve influido por la visión racionalista y materialista del sueño representada por Borner (la experiencia de Pan seria provocada por la ropa de cama de cabra y la disnea), esta explicación de la pesadilla la basa, reposa, sin embargo, en la epifanía del Pan, que en las páginas de Roscher es siempre una vívida realidad. Lo que sobresale de un ensayo es una intuición genial: el entrelazamiento, la verdadera unidad de lo mitológico y lo patológico.


Cuando Roscher analiza el pánico y la pesadilla en los animales, demuestra ser consciente del aspecto instintivo de la pesadilla –y, en particular, de su sexualidad-. Observamos en su escrito la misma lucha con el problema sexual que estaba surgiendo en aquel momento de la mano de muchos de los psicólogos contemporáneos: Havelock Ellis, Auguste Forel, Ivan Bloch, y por supuesto, Freud, por no mencionar la obra de pintores y escritores de ese final de siglo, que estaban redescubriendo al sátiro fálico y caprino en los niveles más profundos de las pulsiones del hombre y que, como hizo Freud con Edipo y Roscher con Pan, expresaban sus visiones internas con las configuraciones del mito griego.


El mito griego situó a Pan como dios de la naturaleza. Lo que significa exactamente, la palabra naturaleza ha sido analizado en al menos cincuenta nociones diversas, de modo que el uso que haremos aquí del término naturaleza debe ser inferido a partir de las cualidades asociadas a Pan, con su descripción, su iconografía y su patrón de comportamiento.

Todos los dioses representan aspectos de la naturaleza y se les encuentra en ella, lo que ha llevado a algunos a la conclusión de que la religión mitológica antigua era especialmente una religión de la naturaleza, cuya trascendencia por parte del representante de la naturaleza, Pan, quien pronto se convertiría en el Diablo con pezuñas de cabra. Para especificar la naturaleza de Pan debemos ver de qué modo éste la personifica, tanto en su figura como en el paisaje que le rodea, que es desde el principio paisaje interior y metáfora, no mera geografía.

Su lugar originario, Arcadia, es tanto un lugar físico como psíquico. Las “oscuras cavernas” donde era posible encontrarlo (El Himno órfico a Pan) fueron comprendidas por los neoplatónicos como los recodos materiales en los que reside el impulso, los agujeros oscuros de la psique donde nacen el deseo y el pánico.


Su hábitat en la Antigüedad, al igual que el de sus formas romanas posteriores (Fauno, Silvano) y sus compañeros, lo constituían los pequeños valles, las grutas, las fuentes, los bosques y los lugares salvajes, nunca los pueblos, jamás los asentamientos cultivados y vallados del mundo civilizado; santuarios en cavernas, no templos edificados. Se trataba de un dios de pastores, un dios de pescadores y cazadores, un vagabundo carente incluso de la estabilidad que proporciona la genealogía. Los lexicógrafos del mito ofrecen al menos veinte filiaciones de Pan. Su padre es unas veces Zeus, otras Urano, Crono, Apolo, Odiseo, Hermes o incluso la corte de pretendientes de Penélope. Por tanto, su espíritu, fruto de muchos movimientos arquetípicos o bien de generación espontánea, puede surgir prácticamente de cualquier parte. Existe una tradición que nos lo presenta como hijo de Éter, la tenue sustancia invisible pero ubicua, cuyo nombre designaba en un principio el cielo brillante o el tiempo asociado a la hora meridiana de Pan. Pero si Pan resulta tan difuso y espontáneo, ¿Por qué atribuirle una filiación? Esta línea de argumentación fue seguida por Apolodoro y por Servio en su comentario de las Geógicas de Virgilio.


Desde luego, su línea materna es oscura. El relato que se nos ofrece en el Himno homérico a Pan, y el que nos ofrece Kerenyi en su obra Gods of the Greeks, nos presenta a Pan abandonado nada más nacer por su madre, que es una ninfa de los bosques, pero envuelto en una piel de liebre por su parte Hermes (haber sido engendrado por Hermes pone en relieve el elemento mercurial presente en el trasfondo de Pan). Hermes llevo al niño al Olimpo, donde fue aceptado por todos (pan) los dioses con alegría, especialmente por Dioniso.


Este relato sitúa a Pan en una configuración específica. En primer lugar, el hecho de ser envuelto en la piel de una liebre, animal, especialmente consagrado a Afrodita, Eros, el mundo báquico y la luna, le inviste con estas asociaciones. Su primera indumentaria da a entender su iniciación en ese universo ha sido adoptado por esas estructuras de consciencia.

En segundo lugar, Hermes es un protector, lo que tiñe de aspectos herméticos las acciones de Pan. Pueden ser entendidas como mensajes. Se trata de modos de comunicación, conexiones que guardan algún significado. En tercer lugar, la alegría de Dioniso expresa la simpatía que existe entre ambos. Estos dioses proporcionan el grupo arquetípico en el que se inserta Pan y donde podemos esperar encontrárnoslo.


Detengámonos  en estos mitologemas: “el niño abandonado”, “envuelto en una piel de animal” y “agradable a los dioses”. Su exégesis, si vivimos sus significados en nuestras vidas, nos diría mucho acerca de nuestro comportamiento, semejante al de Pan en los momentos de debilidad y abandono, así como sobre nuestra luxuria erótica, pues en la pequeña prenda de amor que era la liebre, subyace oculto el carácter salvaje, sin cultivar, de Pan. Lo que en principio era suave se vuelve áspero, y bajo la piel del conejo acecha la cabra. Sin embargo, los dioses se sonríen ante nuestro niño de patas de cabra; lo consideran una ofrenda a la divinidad; cada uno de ellos encuentra una afinidad con él. Pan los refleja a todos.


En tanto que dios de toda la naturaleza, Pan personifica para nuestra conciencia lo que es completamente natural, el comportamiento en su curso más natural. El comportamiento cuyo curso es natural resulta, en cierto sentido, divino. Se trata de un comportamiento que trasciende el yugo humano de los propósitos: totalmente impersonal, objetivo, inexorable. La causa de tal comportamiento permanece oscura, surge de repente, de un modo espontáneo. Del mismo modo que la genealogía de Pan es oscura, también lo es el origen del instinto.


Definir el instinto como un mecanismo innato de desencadenamiento, o referirnos a él como un espíritu ctónico o un dictado de la naturaleza, no es si no expresar con oscuros conceptos psicológicos las experiencias oscuras que en su momento debieron atribuirse a Pan.


Debemos recordar, sobre todo, que la experiencia de Pan se halla más allá del control del sujeto volitivo y de su psicología del yo. Incluso allí donde la voluntad es mas disciplinada y el yo mas resuelto, y pienso ahora en los hombres que están en medio de un combate, aparece Pan, determinando por medio del pánico el resultado de la batalla. En dos ocasiones en la Antigüedad (en Maratón y contra los celtas en el año 277 a.C.), Pan se apareció y los griegos lograron la victoria. Fue conmemorado junto a Nike. La huida provocada por el pánico constituye una reacción de protección, aunque en su ceguera el resultado pueda ser más desastroso. El aspecto protector de la naturaleza que aparece en Pan no se muestra solo en su afinidad con los pastores, o en la raíz (pan) de palabras como “pastor”, ”pastoral” o “pábulo”, sino también en el papel que desempeña en el séquito dionisíaco, en el que Pan lleva el escudo de Dionisio en la marcha hacia la India.


En el relato de Eros y Psique escrito por Apuleyo, Pan protege a psique de suicidio. Desconsolada, sin su amor, sin ayuda divina, entra en pánico. Psique se arroja al río, pero este la rechaza. En el preciso momento en el que la invade el pánico, aparece Pan con su otro lado que refleja, Eco, y persuade al alma de algunas verdades naturales. Pan es al mismo tiempo destructor y protector, y esos dos aspectos se le aparecen a la psique en estrecha proximidad. Cuando somos presa del pánico, no podemos saber nuca si se trata del primer movimiento de la naturaleza que dará lugar – si somos capaces de oír el eco del reflejo -  a una nueva intuición acerca de ella.


Como afirma R. Herbig en su monografía Pan: dergriechische Bocksgott, Este dios es siempre una cabra, la cabra siempre una fuerza divina. La cabra no “representa” a Pan, ni es “sagrada” para Pan; más bien, Pan es el dios-cabra, y esta configuración de la naturaleza animal caracteriza a la naturaleza, personificándola como algo peludo, fálico, errante y caprino. Esta naturaleza de Pan no resulta ya un espectáculo idílico para la visita, u lugar por donde pasear o al que regresar en busca de paz y tranquilidad. La naturaleza de Pan es caliente y cercana, es el olor penetrante de su pelo animal, su erección, como si la fuerza arbitraria de la naturaleza y su inquietante misterio se hubiesen sintetizado en esta única figura.


La “unión de dios y la cabra” - la expresión procede de El nacimiento de la tragedia, de Nietzsche – significó  para el mundo posnietzscheano el modo dionisíaco de consciencia y la locura enfermiza final de su mismo promulgador. Pero aunque Nietzsche hablaba abiertamente del dios-cabra, “en la biografía de Nietzsche”, escribe Jung, “se halla la prueba irrefutable de que el dios al que se refería originalmente es Wotan”.


No obstante, Nietzsche penetra uno de los enigmas de la existencia caprina (que son muchos más, ya que aquí no incluimos ni la cabra del senex, ni el chivo expiatorio, ni la chota dionisiaca, ni la cabra nutricia) cuando habla del horror de la naturaleza y del horror de la existencia individual. Pues la cabra solitaria es tanto Unicidad como asilamiento, una existencia maldita y errante por lugares solitarios que su apetito deja aun más yermos, y su canto es la “tragedia”. No se trata del jovial y rollizo Pan de cierta estatuaria, ni del elfo con la flauta al que llamamos Peter, ni del “profundo si mismo emotivo” de Pan de D.h Lawrence, sino del Pan del “Himno homérico”, que en la traducción renacentista de Chapman es calificado de “flaco y sin amor”


De modo que la lascivia es secundaria, como también lo es la fertilidad; nacen del reseco deseo de la naturaleza solitaria, de alguien que es para siempre un niño abandonado y que en innumerables  emparejamientos nunca resulta emparejado, que no llega a cambiar del todo la hendida pezuña de la cabra por la pata del conejo. Se le califica de “desafortunado en amores”, y los humanos sentimos su tristeza en la melancolía de la naturaleza.


Hay una música triste de flautas en la naturaleza en la que nos refugiamos en momentos románticos, tristes, solitarios y desesperados. Puede que Pan resulte agradable a los dioses, pero jamás llega a subir al Olimpo; copula, pero nunca se casa; toca música, pero las Musas favorecen a Apolo.
    

 

 Autor:James Hillman

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