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PAN DIOS-CABRA


SEGUNDA PARTE

INSTINTO 

Al igual que muchos de los términos psicológicos que utilizamos cotidianamente –alma, humano, emoción, espíritu, conciencia, sentimiento-, “instinto” es más una metáfora, si bien en ropaje conceptual, que un concepto. Quizá se trate de una idea en el sentido original de termino, que procede de “ver”, de modo que por medio de la palabra “instinto” somos capaces de ver determinados tipos de comportamiento, ya sea mirándolos como observadores o penetrándolos, viéndolos desde dentro como  participantes. Mucha tinta se ha vertido a propósito del instinto: algunos lo consideran una especie de inteligencia primigenia que sabe más sobre la vida de cuanto nosotros llegaremos a aprender jamás, otros lo toman por lo opuesto a la inteligencia, algo mecánico, arcaico y sin posibilidad alguna de transformación. Al instinto se le ha atribuido lo mejor y lo peor de la naturaleza humana –y ello nos dará pie para nuestro enfoque aquí-. Pues si Pan es el dios de la naturaleza “interior”, se trata entonces de nuestro instinto. Por otra parte, puesto que todos los dioses participan  de la naturaleza y tiene su mímesis en la naturaleza humana, en nuestros modos de fantasía, de pensamiento y comportamiento, es evidente que Pan no es todo instinto, como tampoco es todos los dioses. Solo el estudio de su fenomenología nos permitirá discernir en que aspectos del instinto se pone de manifiesto, o con que aspectos de la naturaleza resulta afín.


Una de las principales líneas de pensamiento sostiene que el comportamiento instintivo se caracteriza principalmente por la compulsión, con frecuencia denominada reacción de todo o nada.

Más allá de los procesos biológicos primarios –tropismos, ingestión y evacuación, reproducción, desarrollo celular, división y muerte, etc.-, la vida animal como comportamiento se mueve de modo automático entre los dos polos de la atracción y el rechazo. A lo largo de los siglos se ha presentado una y otra vez una polaridad básica del ritmo orgánico. Una única idea arquetípica acerca del ritmo de la vida natural se halla presente en esas parejas llamadas en tiempos diversos y por diversos teóricos: accessum/recessum, atracción/repulsión, Lust/Unlust, diástole/sístole, introversión/extraversión, compulsión/inhibición, fusión/separación, todo-o-nada, etc. Bajo el dominio de los mecanismos de desencadenamiento innato (como con frecuencia se denomina al instinto), los modelos de acercamiento y retirada se vuelven compulsivos, indiferenciados, irreflexivos.


Las dos posiciones opuestas con respecto al instinto –la que sostiene que es inteligente y la que opina que no- se combinan en la teoría de Jung. Este describe dos extremos del comportamiento instintivo: en uno hallamos un modelo de comportamiento compulsivo y arcaico; en el otro, imágenes arquetípicas. Por lo tanto, el instinto actúa y al mismo tiempo forma una imagen de su acción. Las imágenes desencadenan las acciones; las acciones siguen el modelo de las imágenes. En consecuencia, cualquier transformación de las imágenes afecta a los modelos de comportamiento, de modo que lo que hacemos en nuestra imaginación posee relevancia instintiva. Afecta al mundo, como creían alquimistas, místicos y neoplatónicos, si bien no exactamente de la manera mágica que ellos creían. Puesto que las imágenes pertenecen al mismo continuum que el instinto (y no por sublimaciones suyas), las imágenes arquetípicas constituyen partes de la naturaleza y no son simples fantasías subjetivas “en la mente”.


La figura de Pan representa la compulsión instintiva, al tiempo que ofrece el modo mediante el cual la compulsión puede ser modificada a través de la imaginación. Trabajando en la imaginación participamos en la naturaleza. El método de este trabajo, sin embargo, no es tan simple como pudiera parecer, ya que no se trata tan solo de una actividad de la mente o de la voluntad conscientes, aun cuando ambas tengan su función. La modificación del comportamiento compulsivo requiere otra función psíquica, que analizaremos más adelante en relación con los amores de Pan. Pero primero observemos más de cerca la compulsión.


Ya en el “Himno órfico” (Taylor) encontramos la compulsión en la descripción de Pan, quien en dos ocasiones es calificado de “fanático”, y en el “Himno homérico” (Chapman) leemos que trepa cada vez más alto “y no se detiene nunca”. La misma compulsión fanática aparece en el comportamiento que se le atribuye: pánico, violación y pesadilla.


Los polos de sexualidad y pánico, que puede pasar instantáneamente de uno a otro o activarse entre sí, revelan los extremos más crudamente compulsivos de la atracción y la repulsión. El pánico nos hace huir a ciegas en una desbandada general; la sexualidad hace que nos volquemos con la misma ceguera sobre el sujeto con el que quisiéramos copular. Pan, en cuanto señor de la naturaleza “interior”, domina las reacciones sexuales y de pánico, y se sitúa entre ambos extremos. Su auto-división se nos presenta en el “Himno homérico” por medio de sus dos “regiones” –las cumbres nevadas y escarpadas y los suaves valles (y cuevas)- y, a nivel mitológico, en el fálico Pan perseguidor de la ninfa que huye presa del pánico. Ambos se inscriben en el mismo marco arquetípico y constituyen su núcleo. Estos dos focos del comportamiento de Pan, que representan la ambivalencia inherente del instinto, también aparecen en su imagen, que ya comentara Platón en su Crátilo 408c: es tosca, rústica y sucia por debajo, delicada y provista de cuernos espirituales por arriba.


Y sin embargo, a pesar de toda su naturalidad, Pan es un monstruo. Se trata de una criatura que no existe en el mundo natural. Su naturaleza es completamente imaginal, de modo que debemos entender el instinto también como una fuerza imaginal y no concebirlo literalmente a la manera de las ciencias naturales o de una psicología que quiere basarse en las ciencias naturales o en la mera biología. Paradójicamente, los impulsos más naturales no resultan naturales y la más instintivamente concreta de nuestras experiencias es imaginal. Es como si la existencia humana, incluso en su nivel vital básico, fuese una metáfora. Si el comportamiento psicológico es metafórico, para comprenderlo debemos fijarnos entonces en las metáforas dominantes de la psique. En consecuencia, ocupándonos de sus imágenes arquetípicas podemos aprender de la psicología del instinto tanto como aprendemos por medio de la investigación fisiológica, animal y experimental.     

 

 Autor:James Hillman

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